Rey, Médico, Maestro, Amigo.
Pienso, sin embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo.
93 Es Rey y ansía reinar en nuestros corazones de hijos de Dios. Pero no imaginemos los reinados humanos; Cristo no domina ni busca imponerse, porque no ha venido a ser servido sino a servir (Mt XX, 28.).
Su reino es la paz, la alegría, la justicia. Cristo, rey nuestro, no espera de nosotros vanos razonamientos, sino hechos, porque no todo aquel que dice ¡Señor!, ¡Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése entrará (Mt VII, 21.).
Es Médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. Jesús nos ha advertido que la peor enfermedad es la hipocresía, el orgullo que lleva a disimular los propios pecados. Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt. VIII, 2.), Señor, si quieres -y Tú quieres siempre-, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú, que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino.
Es Maestro de una ciencia que sólo El posee: la del amor sin límites a Dios y, a todos los hombres. En la escuela de Cristo se aprende que nuestra existencia no nos pertenece: El entregó su vida por todos los hombres y, si le seguimos, hemos de comprender que tampoco nosotros podemos apropiarnos de la nuestra de manera egoísta, sin compartir los dolores de los demás. Nuestra vida es de Dios y hemos de gastarla en su servicio, preocupándonos generosamente de las almas, demostrando, con la palabra y con el ejemplo, la hondura de las exigencias cristianas.
Jesús espera que alimentemos el deseo de adquirir esa ciencia, para repetirnos: el que tenga sed, venga a mi y beba (Ioh VII, 37.). Y contestamos: enséñanos a olvidarnos de nosotros mismos, para pensar en Ti y en todas las almas. De este modo el Señor nos llevará adelante con su gracia, como cuando comenzábamos a escribir -¿recordáis aquellos palotes de la infancia, guiados por la mano del maestro?-, y así empezaremos a saborear la dicha de manifestar nuestra fe, que es ya otra dádiva de Dios, también con trazos inequívocos de conducta cristiana, donde todos puedan leer las maravillas divinas.
Es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos (Ioh XV, 15.), dice. Nos llama amigos y El fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por su amigos (Ioh XV, 13.). Era amigo de Lázaro y lloró por él, cuando lo vio muerto: y lo resucitó. Si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda (Cfr. Ioh XI, 43; Lc V, 24.), sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida.
Consulado de Honduras, 27 Mayo 1937
(...) Cristo está partiendo el Pan que distribuirá entre sus discípulos: hoc est enim Corpus meum. Alza el Cáliz lleno de vino que beberán sus Apóstoles: hic est enim cáliz Sanguinis mei, novi et aeterni testamenti, qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum. El Santo Misterio está teniendo lugar; el pan y el vino se hacen Carne y Sangre de Cristo. ¡Jesús, Amor nuestro! Quizá hoy , en muchos pueblos de España, se muestre tu Cuerpo Sacratísimo a las gentes, alzado en la custodia. Yo recuerdo aquellas procesiones de antaño, llenas de ruido y de jolgorio, en las que había tan pocas custodias vivas de Cristo; Él tenía que soportarlo todo, cuando aparecía, bajo las especies de Sacramento, a veces en pobres custodias.
¿No buscaré yo para Ti, Dios mío, la riqueza y la belleza? Bien sabes que sí. Pero prefiero, y Tú también lo prefieres, vivir irradiando rayos de luz y de santidad en almas que te amen, a verte sobre un armatoste que no lleva un sacerdote, sino que arrastran cuatro gañanes a fuerza de tragos devino.
Yo deseo para Ti, Dios mío, custodias vivas, y pido que mis hijos y yo, y todos los cristianos, seamos esas custodias que despiden fulgores de amor y de mortificación, labradas con oro puro, inalterable a toda influencia del mundo; cuajadas de rubíes, que sean como las manchas de sangre de nuestro dolor y de nuestro sacrificio; adornadas con esmeraldas, que signifiquen nuestra inmutable esperanza; sembradas de muchas otras piedras, que apenas se notan -pero que Tú miras siempre, deleitándote en su brillo-, y que son las pequeñas mortificaciones, las negaciones de cada instante.
Que estas custodias vivas iluminen con un apostolado de caridad a los que las rodean; dignate Tú, Dios mío, viviendo en cada uno, vivificar con las rayos de tu Amor a todos los que se pongan en contacto con nosotros.
Madre nuestra, Madre del Amor Eucarístico: ésta va a ser hoy nuestra petición. Preséntala tú, te lo suplicamos, a los pies de tu Hijo. Alcánzanos una vida repleta de espíritu eucarístico, que el amor a la Sagrada Eucaristía colme nuestro corazón, y que todos tus hijos en la Obra sientan -siempre renovado y engrandecido- su amor a Dios, por la recepción del Cuerpo Sacratísimo de Jesucristo.
Consulado de Honduras, 4 Junio 1937
Ciérrense los ojos de nuestro cuerpo, ábranse los de nuestra alma; tengan paz nuestros oídos y pongámonos a escuchar la voz de nuestro Jesús. Hablémosle en confidencia amorosa, como amigos íntimos, como hermanos, como hijos. ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti y, embriagado y sustentado de este amor, desentenderse completamente de las cosas mundanas!
¡Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera y quedase amorosamente hundido en tu seno, amándote sin cesar y siendo amado de Ti, y reviviese el encanto de aquella vieja leyenda del monje que pasó los siglos -siglos que no fueron sino un momento -arrobado, en la presencia de tu infinita hermosura! (...) Tres siglos del mundo, largos, llenos de devastación, de ruido, de agitación, no eran sino un momento ante la eternidad de Dios.
¡Jesús: verte, hablarte, amarte y sentirse amado de Ti! ¡Olvidarse de las ataduras de este mundo, librarse de su yugo y dejarte la plena posesión de nuestro corazón, abierto para Ti y sólo para Ti! Tú sabes, Señor, que te amo. Sí -te lo confieso como Pedro-, Tú sabes que, a pesar de mi miseria, te amo, y que en medio de mis locuras no he dejado de amarte. Pues multiplica Tú, con tu poder y tu piedad, este amor hasta que no tenga límite ni medida. Hiere el corazón de este pobre y los de todos mis hijos, y aplícales tu cauterio para que nunca más deseen gustar de las cosas mundanas. Envuélvenos en las llamas de tu amor, y que nos consuman y nos curen y nos purifiquen. Dios mío, que seamos ya tuyos, tuyos solamente, y no nos sintamos atraídos por los goces y afectos de aquí abajo. ¡Oh, Jesús, si en este día en que celebramos la fiesta de tu Sagrado Corazón quisieses encerrarnos en Él para no salir nunca más!
(...)¡Tu cauterio, Jesús nuestro, sobre nuestro corazón, para que sólo a Ti aspire, para que desprecie los miserables entretenimientos de aquí abajo!
Yo quiero verme ahora, Dios mío, junto a la herida de tu pecho; y pensar en todos mis hijos, en todos los que ahora son miembros vivos de este Cuerpo vivo de tu Obra. Nombrándolos, consideraré sus cualidades, sus virtudes, sus defectos, y luego te suplicaré, empujándolos hacia Ti, uno a uno: "¡Adentro!". Los meteré dentro de Tu Corazón. Así quiero hacer con cada uno y con todos, hasta el fin del mundo, a formar parte de esta familia sobrenatural. Todos, unidos en el Corazón de Cristo, todos hechos uno por amor a Él y todos desprendidos de las cosas de la tierra por la fuerza de este amor acompañado de la mortificación. Queremos ser como los primeros cristianos; vamos a revivir su espíritu en el mundo. Empecemos, pues, por hacer real dentro de la Obra aquella afirmación: congregavit nos in unum Christi amor.
¡Pon tu cauterio, Jesús nuestro, en nosotros, por doloroso que sea! Porque Tú sabes, Señor, que nuestros corazones son de carne, abiertos por muchas brechas al asalto del enemigo. ¡Ah, si yo pudiera guardar dentro del mío los corazones de todos mis hijos! No es porque no quepan en él, que Tú, Señor, lo has agrandado; pero, ¿para qué guardarlos, si mi corazón es tan débil, si los muros que lo defienden ostentan tantas fisuras? Pero si puedo pedirte, Dios mío, que Tú los guardes; que, poseídos de tu amor, sean fuertes contra la seducción de las cosas sensuales. Coloquemos este amor a Ti muy por encima de los placeres engañosos de la tierra.
Madre mía, en ti confió, en ti espero; intercede por mí para que - por tus ruegos- me conceda el Señor lo que le suplico.
Dos meses de catequesis (la catequesis del Padre) 1972, p.678
Señor, creo que estás Tú aquí, en mí, porque con la Transubstanciación te has escondido en las especies sacramentales y estás realmente presente, con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. Te amo. Quiero tener mucha fe, por los que no tienen fe. Voy a llenar mi corazón de esperanza (...). Y de amor, para quererte a Ti y a las criaturas por Ti.(...)
Señor, no sé darte gracias, ayúdame un poco para que pueda hablar contigo. Y así estarás dando gracias, mientras lo dices. Invoca a la Virgen. Invoca a San José, mi Padre y Señor, a quien tanto quiero. Él está muy cerca de Dios, y es el que más trato ha tenido con Dios y con la Madre de Dios. Invoca a tu Ángel Custodio, y a los ángeles Custodios de los tuyos, y verás que no tienes bastante con diez minutos para agradecer al Señor la Comunión, aun las veces que estés como fría interiormente.(...)
Señor, creo. Señor, yo creo que Tú eres Jesús, el Hijo de María Virgen, siempre Virgen. (...)Te adoro. Quiero ser tu amigo, porque Tú eres el que me has redimido. Quiero que todos mis hijos, y mi mujer, y mi familia entera, y el mundo entero te amen.(...)
Creo en Ti, espero en Ti, te amo. ¡Dame fuerzas, para que pueda llevar esta locura de amor a las otras almas, que de seguro no la han perdido.
Si se hubiera quedado bajo la forma de un niño, le tendríamos un respeto, un cariño...Se ha quedado inerme, escondido en las especies sacramentales, sin defensa. Pero espera el amor tuyo y el mío. ¿No te mueve esto a quererle de verdad? ¿No te mueve a irte con el deseo a todos los sagrarios de la tierra, y decirle: Señor, aquí estoy te amo? ¡Dile esas
cosas con tu corazón de hombre fuerte, duro! No busques las palabras, como no las escoges cuando hablas con tu mujer, con tus hijos o con las personas que quieres, ni cuando haces un rato de oración todos los días. Piensa que quizá nunca como ahora han maltratado tanto a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Y deja que tu oración marche.
Y si no sabéis que decir, confesadlo claramente: Señor, no sé que decirte; ¡te querría decir tantas cosas! ¡necesito tantas cosas! Me urge decirte que te quiero, que me ayudes en esto, en lo otro. Que me salves a aquella persona. Que nos saques de este apuro.¡Que yo no te quiero ofender más!
En nombre de todas las criaturas de la tierra te doy las gracias, y te digo que te quiero, que te amo; querría que te amaran todas las almas. Después le pides perdón por tus debilidades y las mías. Por las cosas que no van o por las que van, pero deberían ir mejor. Y puedes acabar diciéndole: Gloria Patri, et Filio et Spiritui Sancto, adorándole con los ángeles.
De la meditación "La alegría de servir a Dios". 25 Dic 1973
(...) Padre, me diréis, pero usted recibe sacramentalmente al Señor todos los días; cada mañana lo trae sobre el altar entre sus manos. Sí, hijos míos: estas manos mías manchadas son cotidianamente un trono para Dios. ¿Qué le digo entonces? Al calor del trato con la trinidad de la tierra, Jesús, María y José, no tengo inconveniente en abriros el corazón. En esos momentos, invoco a mi Arcángel ministerial y a mi Ángel Custodio, y les digo: sed testigos de cómo quiero alabar a mi Dios. Y, con el deseo, pongo la frente en la tierra y adoro a Jesucristo.
Le repito que le amo, y después me lleno de vergüenza, porque ¿cómo puedo asegurar que le quiero, si tantas veces le he ofendido? La reacción entonces no es pensar que miento, porque no es verdad. Continúo mi oración: Señor, te quiero desagraviar por lo que te he ofendido y por lo que te han ofendido todas las almas. Repararé con lo único que puedo ofrecerte: los méritos infinitos de tu Nacimiento, de tu Vida, de tu Pasión, de tu Muerte y de tu Resurrección gloriosa; los de tu Madre, los de San José, las virtudes de los Santos, y las debilidades de mis hijos y las mías, que reverberan de luz celestial -como joyas- cuando aborrecemos con todas las veras del alma el pecado mortal y el venial deliberado.
Con el Señor Jesús ya en mi corazón, siento la necesidad de hacer un acto de fe explícita: creo, Señor, que eres Tú; creo que real y verdaderamente estás presente, oculto bajo las especies sacramentales, con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. Y me vienen enseguida las acciones de gracias. Hijas e hijos de mi alma: al tratar a Jesús no tengáis vergüenza, no sujetéis el afecto. El corazón es loco, y estas locuras de amor a lo divino hacen mucho bien, porque acaban en propósitos concretos de mejora, de reforma, de purificación, en la vida personal. Si no fuera así, no servirían para nada.
Tenéis que enamoraros de la Humanidad Santísima de Jesucristo. Pero para llegar a la oración afectiva, conviene pasar primero por la meditación, leyendo el Evangelio u otro texto que os ayude a cerrar los ojos y, con la imaginación y el entendimiento, a meteros con los Apóstoles en la vida de Nuestro Señor. Sacaréis así mucho provecho. Puede ser que alguna vez os tome Él, y casi no os dé tiempo a terminar la oración preparatoria; luego, el diálogo o la contemplación viene sola.(...)
Cuando os encontréis delante de nuestro Redentor, decidle: te adoro, Señor; te pido perdón; límpiame, purifícame, enseñame a amar. Si no viviéramos así, ¿qué sería de nosotros?(...). Lo que os aconsejo -repito- es mucha lectura de Santo Evangelio, para conocer a Jesucristo -perfectus Deo, perfectus Homo-, para tratarle y para enamorarse de su Humanidad Santísima, viviendo como Él como vivieron María y José, como los Apóstoles y las Santas Mujeres.
Una sola cosa pido al Señor, y ésta procuro: vivir en la casa de mi Dios todos los días de mi vida. ¿Qué pediremos entonces a Jesús? Que nos lleve al Padre. Él ha dicho: nadie viene al Padre sino por mí. Con el Padre y con el Hijo, invocaremos al Espíritu Santo, y trataremos a la Trinidad Beatísima; y así, a través de Jesús, María y José, la trinidad de la tierra, cada uno encontrará su modo propio de acudir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, la Trinidad del Cielo. Nos asentamos -con la gracia de Dios, y si queremos- en la miseria y en la indigencia más grande. No esperéis, hijos, otra cosa en el Opus Dei: este es el camino nuestro. Si el Señor os exalta, también os humillará; y las humillaciones, llevadas por amor, son asombrosas y dulces, son una bendición de Dios.
Monición y acción de gracias en Sao Paulo 26 Mayo 1974
(Antes de comulgar)
Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado. He pedido la venia, el permiso, al Señor para deciros unas palabras. Porque vosotros y yo sabemos ciertamente que ahí está Jesús, el Hijo de María, que ha cogido nuestro corazón y nuestra vida, nuestra inteligencia y nuestros sentidos, nuestro ser entero. ¡Lo ha cogido para Él!
Uno de estos días pasados os recordaba un texto de la Escritura Santa: elegit nos ante mundi constitutionem ut essemus sancti in conspectu eius; nos ha escogido, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos en su presencia. Hijos míos, santos quiere decir...Cruz. El Señor nos quiere felices. Yo veo a mis hijos siempre alegres, con una alegría sobrenatural, con algo tan íntimo que es compatible con los dolores y con las contradicciones de esta vida nuestra en la tierra.
Hijos míos, me alargaría mucho, pero hice el propósito de deciros pocas cosas. Que pidáis conmigo al Señor, cuando lo tengáis en el corazón, después de adorarlo y de repetirle: creo, espero, ¡amo!, sed adiuva incredulitatem meam!, pero ayuda mi falta de fe(... ) Ayer, un hijo mío me recordaba que la llaman (a Brasil) tierra de la Santa Cruz; y nosotros nos llamamos así por voluntad de Dios. Ha sido Él quien lo ha querido.
Hijos míos, abrazaos a vuestras pequeñas cruces: que, cuando las améis, no os pesarán. Y entonces tendréis la alegría. Esa alegría que es un tesoro, que nos pertenece de derecho. Ese gaudium cum pace!, que cada día sale de nuestra boca porque lo debemos tener en el corazón, pero decididos a sacrificarnos de esa manera. No dejéis a Cristo solo. Extended los brazos y decid: aquí estoy yo también, con gesto de sacerdote, ¡sin tragedia!, sin hacer pesar sobre los demás las pequeñas contradicciones mentales de la vida.
Hay también tantas alegrías, tantas satisfacciones... Hay, ya en la tierra un pequeño Cielo. Sobre todo si tratamos a Jesús y, en este mes de María, si vamos a El por su Madre, con San José. Acostumbraos a buscar la intimidad de Cristo con su Madre y con su padre, el Patriarca Santo, que entonces tendréis lo que El quiere que tengamos: una vida contemplativa. Porque estaremos, simultáneamente, en la tierra y en el Cielo, tratando las cosa humanas de manera divina, sin sacarlas de quicio. Y tendremos la humildad de abrir nuestro corazón para que Él, y nosotros mismos, y los Directores -y vuestros hermanos, cuando se han dado cuenta- vean nuestras debilidades, nuestras llagas, y contemplen también el amor que todo lo purifica, que todo lo enciende, que todo lo limpia.
(...)Iesus Christus, heri et hodie, ipse et in saecula!, Jesucristo es hoy el mismo que era ayer, y será el mismo mañana y siempre, con una juventud eterna.
Con esa juventud de Cristo, con la juventud física que tenéis y la juventud espiritual que adquirirá madurez, vosotros prenderéis fuego a esta tierra maravillosa. Rubrum!: roja la pondréis, encendida. Y desde aquí, como desde una plataforma, os veo marchar a Oriente y a Africa, que nos espera, donde hay tantos hermanos vuestros, africanos también, que os quieren, que están pendientes de lo que nosotros hacemos aquí.
¡Señor!, ya ves lo que hacemos: quererte. Ya ves lo que hacemos: llenarnos de promesas, de buenos propósitos, de pena por no haber sabido corresponder a tu Amor, por haberte ofendido. Yo, Señor, te pido perdón por mis culpas, por mis pecados, y te pido que me ayudes a servirte como Tú quieres ser servido.
Una invocación a la Virgen, para que nos enseñe a recibir a su Hijo como Ella lo recibió. Una invocación a San José, para que nos enseñe a tenerlo sobre nuestro corazón, como él lo apretaba contra su pecho.
(Después de comulgar)
Es bueno que cada uno de nosotros invoque a su Ángel Custodio, para que sea testigo de este milagro continuo, de esta unión, de esta comunión, de esta identificación de un pobre pecador -eso es cada uno de vosotros, y sobre todo yo, que soy un miserable- con su Dios.
Sabiendo que es Él, le saludamos poniendo la frente en el suelo, con adoración. Serviam! Nosotros te queremos servir. Le pediremos perdón de nuestras miserias, de nuestros pecados, y nos dolerán los pecados de todo el mundo. Supra dorsum meum fabricaverunt peccatores: sentiremos sobre nuestro pecho ese fardo de iniquidad, de toda la miseria que hay en el mundo, especialmente en estos últimos años. Querremos no sólo pedirle perdón, sino remediar de alguna manera todo esto: ¡desagraviar!
Y tendremos que confesar nuestra nada: Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada! Pero Tú lo eres todo. Yo soy tu hijo, y tu hermano. Y puedo tomar tus méritos infinitos, los merecimientos de tu Madre y los del Patriarca San José, mi Padre y Señor; y las virtudes de los Santos, el oro de mis hijos, las pequeñas luces que brillan en la noche de mi vida por la misericordia infinita tuya y mi poca correspondencia. Todo esto te lo ofrezco, con mis miserias, con mi poquedad, para que -sobre esas miserias- te pongas Tú y estés muy alto.
Y acudo a San José. Hemos dicho que le trataríamos -se lo hemos prometido a la Virgen- cordialmente. Acudo a San José, que es mi Padre y Señor; y con él, voy a su Esposa, la Virgen Madre, que es también Madre mía. Con María y con José me acerco hasta Jesús -lo tengo ahora en mi corazón- y le digo: creo, ¡creo! Adauge nobis fidem, spem, caritatem!, auméntanos la fe, la esperanza y el amor. Porque hemos de vivir de Amor, y sólo Tú puedes darnos esas virtudes.
Entonces, sabiendo que nos escucha, que nos ama; sabiendo que somos Cristo -porque Él nos asume de alguna manera-, nos da alegría alabarlo así: gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Desde esta tierra bendita, tan llena de cosas buenas, tan llena de almas que le aman y de almas que no le conocen, para quienes Cristo es todavía una figura desconocida o un mito. ¡Dios mío!, ¿Es posible? Han pasado veinte siglos, ¡veinte siglos!, y la Redención aún se está haciendo.
Yo no soy yo, os he dicho, y me lo repito a mí mismo...Nos eligió desde la eternidad. Desde antes de crear el mundo, nos señaló con el dedo: redemi te, et vocavi te nomine tuo; yo te he creado, te he redimido, te he llamado por tu nombre: meus es tu!, ¡eres mío! Tú eres de Dios, de Cristo. Díselo. También yo soy suyo. Muchas veces no hemos querido pertenecerle: ¡ya no más! Volveremos corriendo, porque es muy frágil nuestra miseria. Todas estas aspiraciones sobrenaturales, todo este afán divino, lo tenemos metido en vasos de barro, quebradizos. Pero no importa: si se rompen...se arreglan.¡A la confesión! ¡A la charla fraterna! ¡A la claridad! ¡A la luz! ¡Al perdón! ¡Al amor!¡A la alegría!(...)
Hijos míos, ¡cuánto espero, cuánto espera Jesús de ti, de cada uno de vosotros, de que tú y yo no pongamos condiciones, de que estemos dispuestos a volver! ¡Siempre a volver! Señor, aunque mi pobre vida sea tan miserable como la del hijo pródigo -que se va detrás de la piara de cerdos, detrás de las bellotas, de las cosas humanas-, yo vuelvo, volveré siempre Señor, porque te amo. ¡No me abandones!
Alameda, 7 Julio 1974
(Antes de comulgar)
Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado.
Hijos míos, el Señor va a ir ahora a vuestros corazones. Ya al punto de la mañana me gusta hacer -y que hagáis- un acto de fe clara, explícita: Señor, creo que eres Tú, oculto en el pan. Creo que eres Jesús de Nazaret, el de las bodas de Caná, el que curaba a los leprosos, el que resucitaba a los muertos, el que padeció la Pasión y murió en la cruz, el que resucitó al tercer día. Sé que estás ahí, real, verdadera y substancialmente presente, con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad.
Es bueno que comencemos así. Después, cada uno de vosotros hará su acción de gracias. Yo le digo que no sé como ha venido a este muladar de mi corazón. Una vez más se ha querido humillar. Gran humillación fue tomar la carne de siervo, pero venir aquí...¡Y va también a nuestros corazones, hijos míos! Viene como médico, como padre, como maestro, como alimento, como fortaleza, como compañero y amigo.
¡Tratadlo como queráis, pero tratádmelo bien! No hagáis la acción de gracias de unos minutos sólo: ¡durante todo el día! Una palabra de agradecimiento porque lo habéis recibido en vuestro pecho. Una palabra de agradecimiento con la esperanza de que mañana lo tendréis de nuevo con vosotros, a pesar de nuestra indignidad.
Invocad a Nuestra Señora, su Madre y Madre nuestra. Invocad al Patriarca San José. Ya estamos en familia; ya nos encontramos en la intimidad del hogar; ya podemos hablar de lo que queramos: cada uno, de lo suyo; todos, de lo nuestro, porque somos una familia inmensa, con tantas necesidades espirituales y materiales, todas dirigidas -esas necesidades y esos esfuerzos- a darle gloria, a extender su reinado en el mundo.
Pensad que el Señor nos ha hecho vivir en unos días duros. ¡Esto es una predilección! El mundo está casi como hace veinte siglos, metido en el paganismo. Y la Iglesia, rota en montones de herejías, como en los tiempos apostólicos. Cuando leéis las epístolas de Pablo, de Pedro, de Juan, de Santiago, os quedáis pasmados de la división, del encono, de los enredos de Satanás. También ahora la situación es semejante. Por eso hemos de ser más fieles. A más lucha, más amor. A más debilidad -vuestra y mía- más amor. A más amor suyo, a más entrega suya, más entrega nuestra y más amor. Hijos míos: que os sirva de presencia de Dios. Que sepáis que nosotros no somos débiles, quia Tu es Deus fortitudo mea!, porque Tú eres nuestra fortaleza.
Hijos, ¡tratádmelo bien! ¡queredlo de veras! ¡Mirad que amor con amor se paga! Obras son razones y no buenas razones: duro es oír esto, sin ruido de palabras, en el fondo del corazón; duro y dulce. Pues escuchadlo también vosotros. Obras son amores: fidelidad espera el Señor. Que ayudemos a los demás a ser fieles, yendo todos adelante por estos caminos de amor y de bien, ayudándole a corredimir.
Santo Toribio de Liébana, Agosto 1977
Nosotros te acabamos de recibir, Señor, porque has vuelto a realizar este milagro infinitamente grande de la Transustanciación, por el que Tú, que eres la Omnipotencia divina, te atas y te sometes a la pequeñez humana. Has querido que el sacerdote, actuando in persona Christi,, te preste su voz, su voluntad, y pronuncie estas palabras: Esto es mi Cuerpo...Esta es mi Sangre. Te has sujetado a la voluntad de los hombres, y en ese momento sublime, cuando el sacerdote sube al altar, haces que sea el mismo Cristo, para convertir el pan en manjar divino de nuestras almas, de modo que podamos acercarnos a ti sin ningún temor.
Queremos, Jesús, que permanezcas en nosotros, y nosotros en Ti, como nos has prometido. Nos alimentamos de tu Cuerpo -al que están indefectiblemente unidas tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad- , y deseamos serte fieles, por la caridad, por la obediencia, por la humildad, porque ser humildes significa abrirte de par en par las puertas de nuestro corazón, para que penetres y tomes posesión de toda nuestra vida. El único obstáculo para este encuentro, será siempre el yo : la vanidad, la soberbia, la sensualidad, tantas cosas...Cada uno sabe las suyas y apenas conocemos un poco de nuestra miseria.
¡Cuánto tenemos que mejorar, Señor y Dios nuestro!; y, sin embargo, Tú, con infinita paciencia, nos esperas un día y otro para alimentarnos, para sostenernos a lo largo de la jornada, con las mociones del Espíritu Santo, sugiriéndonos una pequeña mortificación, una jaculatoria, una sonrisa...¡Qué bueno eres con nosotros, Señor!
Ante tanto derroche de tu gracia y de tu amor, hacemos el propósito de corresponder como hijos fieles, hijos decididos a amar de veras, con sacrificio, ya que el amor es como una medalla, con el anverso y el reverso de las alegrías y de las penas, del gozo y del dolor. El cariño supone siempre, por definición, entrega. Y sólo eso deseamos: entregarnos totalmente a Ti; y si alguna vez pretendemos quedarnos con algo para nosotros -que es tuyo, porque nada nos pertenece-, ayúdanos a humillarnos, y así inundarás con tu gracia nuestras pobres almas, que son capaces de cargar con esa tremenda mancha del pecado; tremenda, pero no indeleble, pues nos has dejado el sacramento de la Penitencia.
Señor, Príncipe de la paz, alcánzanos que en todo instante resulte más intenso, dentro de nuestras almas, ese gaudium cum pace que de Ti procede, y que premia nuestro deseo de lucha -aunque haya derrotas-; concédenos la gracia de un constante recomenzar, tratando de acercarnos a tu Amor. Entonces, pase lo que pase,¡qué alegría!¿Y si nos rompen la cabeza? Pues será señal -como comentaba nuestro Padre- de que hemos de llevarle abierta; ¡qué más da!
Otórganos, Señor, la paz y el gozo de los buenos hijos de Dios, que brota -repito- como consecuencia de la guerra contra nosotros mismos, y es prenda de la bienaventuranza sempiterna. Y para eso -te suplico de nuevo-, danos la humildad, que constituye la garantía de que Tú actúas en nuestras almas, transformándonos en el mismo Cristo, a pesar de los obstáculos tontos que en tantas ocasiones ponemos a tu acción. Escúchanos, Señor.
Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra, ayúdanos Tú a portarnos como dignos hijos de Dios y dignos hijos tuyos. Con cuánta frecuencia se le escapaba a nuestro Padre, a lo largo del día, mientras trabajaba, mientras hablaba, un ¡Madre!, o ¡Madre mía!, o ¡Madre nuestra! Ella es nuestra fortaleza.
Cripta de Villa Tevere, septiembre 77
Otra vez nos hemos reunido junto a los restos mortales de nuestro queridísimo Padre. En este momento, después de haber recibido sacramentalmente al Señor, nuestras almas son más hermosas que en cielo en un bel tramonto, en una puesta de sol. Viniendo a nosotros Cristo nos ha besado; más aún: el Sol de los soles se nos ha dado como alimento, inundando nuestras almas de luz y resplandor. Ahora somos más dignos de ser amados por Dios, porque en nosotros está el mismo Jesucristo, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad.
Es un buen momento éste para concretar -al lado de nuestro Padre, y acudiendo a su intercesión- propósitos de entrega, de ser fieles en lo poco, de no permitir la más mínima desviación del espíritu de nuestro Fundador. Hemos de mantenernos vigilantes, para que este buen ganadico -la Obra entera- crezca y se multiplique a salvo de los asaltos de los lobos. Para eso es necesario que todos seamos buenos pastores y entremos y salgamos por la puerta, que es Jesús. Debemos estar muy pegados al Señor, vivir de él, lograr que la Santa Misa sea verdaderamente el centro y raíz de esa vida interior nuestra, específica del espíritu de la Obra, que nos lleva a descubrir aquel quid divinum escondido en todas las cosas: que cada acción nuestra, cualquier circunstancia en que podamos encontrarnos, toda persona con la que hablemos, sea un acicate para unirnos más a Dios.
El camino para acercarnos al Señor está claro: fomentar la unión con el que hace Cabeza en la Obra desde el cielo, con nuestro Padre. Por su intercesión, concédenos, Señor, vivir siempre muy unidos a nuestra Cabeza, de modo que seamos hijos buenos y fieles. Aquí, la fidelidad y la bondad son dos cualidades intercambiables: seremos hijos fieles, si nos portamos como buenos hijos; y al revés. Y buenos hijos en la Obra son los que procuran practicar las lecciones de nuestro Padre, imitándole en todo, porque es el modelo que eligió Dios para que nosotros aprendiéramos a santificarnos.
Señor, ayúdanos. Ahora que estás dentro de nosotros sacramentalmente presente; ahora que nos encontramos junto a los restos de nuestro intercesor natural; apoyados en su oración te pedimos que Tú no te separes nunca de nosotros, que nos metas cada vez más en la intimidad divina, por el conducto regular de asemejarnos a nuestro Padre en su entrega, en su generosidad que no conocía límites, en su fervor, en su humildad, en su alegría.
Padre, tú has repetido muchas veces que la alegría era una característica propia de los hijos de Dios en el Opus Dei: alcánzanos del Señor que tengamos esa alegría, que no es de cascabeles ni de verbena de feria, ni algarada que pasa, sino el gaudium cum pace, un gozo que proviene de una paz interior inalterable, de saber que Dios habita en nuestra alma y nos enriquece con los dones del Espíritu Santo.
Señor, haz que seamos fieles. Te lo pedimos acudiendo también a la intercesión infalible -pues Tú no puedes negarle nada- de nuestra Madre, la Madre Dolorosa, la Corredentora contigo. Concédenos que en la Obra crezcamos cada día en el deseo de corredimir, muy pegados a esa Madre que nos dejaste como herencia, a la que tanto amó nuestro Padre y ahora ama muchísimo más, porque la contempla ya en toda su maternal hermosura.
Padre, consíguenos la gracia de querer mucho a la Santísima Virgen y de ser fieles. Estos son nuestros propósitos para el día de hoy -los dos se ayudan y complementan mutuamente-, junto con la intención de transmitir a los que vengan detrás, como herencia, el afán -empeñado por nuestras obras de poca calidad, pues no pasamos de ser varones de deseos- de mantenernos fieles en lo poco y para siempre.
Zürich, Mayo 78
Ayudadme a dar gracias a Dios nuestro Señor. Jesús, te tenemos en el alma. Aunque no lo merecemos, es tan grande tu amor, que perdonas nuestras miserias y vienes a nosotros.
Señor, encarnándote, te hiciste siervo de todos; viniendo a mi alma, eres alimento de mi vida. ¿Cómo puedo agradecer tu bondad conmigo, si no hago el propósito -que con tu gracia cumpliré- de ser más fiel cada día? Me vienen a la mente las veces que, con sinceridad, he formulado este mismo deseo... Y, sin embargo, qué fácilmente, Señor, lo he dejado después incumplido. Te pido perdón por mis faltas de generosidad, por mi soberbia, por mi sensualidad, por mi amor propio. Te doy gracias, porque Tú conocías esas miserias mías desde antes de crearme y, sin embargo, me escogiste, y me sigues eligiendo cada día. Esta elección que hiciste de mí, una vez para siempre, la vas confirmando, resellándola con un aumento de gracias.
¡Qué puedo hacer sino alabarte más, llenarme de mayor confianza, de una esperanza más fuerte!; porque Tú, que conoces mis flaquezas, a pesar de mis flaquezas, quizá precisamente por esas flaquezas, me has llamado. A un pobre hombre, le haces apóstol tuyo: ¡gracias Señor!
Queremos serte fieles; deseamos que este mundo, que por la indiferencia está frío como un témpano de hielo, se convierta en un remanso de paz, donde se te ame, donde se te quiera.
Renovamos el propósito de luchar más, al unísono con todos los que están esparcidos por el mundo; de luchar cada día, de tener mayor trato con tu Santísima Madre: Regina Apostolorum, Regina Operis Dei...Vamos a entronizarla en el centro de nuestras actividades, en nuestras Comuniones espirituales, en el modo de buscar tu presencia mientras trabajamos, cuando hacemos apostolado, cuando vencemos nuestra miseria...
Nuestro Padre quería que tuviésemos alma sacerdotal. Y qué es sino alabarte, Señor, darte gracias por todo, saber mortificar las potencias del alma y los sentidos del cuerpo, para que Tú entres y tomes posesión de nuestro ser. ¡Un alma así, pide para sí misma y por los demás!, para que todos a una subamos hacia Ti, porque Tú a todos nos esperas.
Está próxima la fiesta del Espíritu Santo: ure igne Sancti Spiritus! Señora nuestra: Tú que eres su Esposa, pídele que actúe; que a Ti no te puede negar nada. Madre, ruégale que nos enseñe, como Maestro que es; que no cierre nunca su escuela a pesar de nuestras distracciones, de nuestras pequeñas o grandes fragilidades; que ilumine hasta lo más oscuro de nuestra alma; que nos dé la ciencia y la sabiduría para alabar a la Trinidad Beatísima, para saber hablar de Ti, para desagraviar, para reparar, para dar gracias...
Suiza está esperando. ¡está esperando el mundo! Las crisis del mundo, como decía nuestro Padre, son crisis de santos. Qué patente es: esta tierra se ha paganizado de nuevo, y nosotros debemos ser las luminarias que le han de dar el calor y la luz, para que las gentes vuelvan a Ti y te amen.
Señor, vamos a terminar esta acción de gracias pidiéndote que nos ayudes más, para que seamos más fieles, nos perdones y nos llenes de fuerza y de optimismo.
Capelinha, Mayo 1978
Unos minutos de acción de gracias por el beneficio tan grande de celebrar, y oír la Santa Misa, y más en este lugar santo, en esta Capelinha bendita.
He dicho la Misa muy emocionado, y a la hora de la homilía estaba tan metido en esta Capelinha que se me ha pasado. He pedido permiso al Señor Obispo para formular en voz alta mi acción de gracias, y ruego a todos vosotros que me acompañéis en mi agradecimiento a Dios.
Dios mío, eres tan bueno que has venido dentro de mí, que no soy más que un pobre pecador. Pero quiero serte fiel, ser santo. Me veo cargado de miserias, pero Tú me quieres santo, y yo quiero querer; ser por lo menos el varón lleno de deseos del que habla la Sagrada Escritura. Señor, que mi vida no se quede en propósitos; que, con tu gracia, los cumpla. Para eso, Dios mío, vienes y te das como alimento: para que sea fuerte. Envías también al Espíritu Santo, para que nos ilumine. Y nos entregas, además, Señor Jesús, a tu Madre Santísima, Santa María, que aquí veneramos como Nuestra Señora de Fátima, para que sea también Madre nuestra.
¡Qué dulce y qué eficaz es recurrir a la intercesión de las madres, acudir a su regazo, recibir sus caricias! Eso es lo que pido yo, Madre mía, para mí y para todos los que forman parte del Opus Dei. Quiero que nos hagas santos.
Madre mía, no tengo ningún título para exigírtelo; pero eres tan buena, que Tú tienes todos los títulos, para que acudamos a Ti. Madre, ¡ayúdanos! Ya ves que la Iglesia está revuelta: te pido por el Santo Padre, que tiene que sufrir tanto. Quiero permanecer muy unido a él, y deseo que todos mis hijos y mis hijas -esa herencia tan maravillosa que he recibido de nuestro Padre-, vivan muy pegados a la Sede de Pedro, obedientes a su magisterio, a sus disposiciones disciplinares y, en cada diócesis, muy unidos al Obispo: es el camino seguro. Es como una carretera maestra, real.
Dentro de esa doctrina común a todos los católicos, los socios del Opus Dei poseemos un espíritu específico: santificar nuestro trabajo ordinario, nuestras obligaciones de todos los días, nuestras relaciones sociales. Esas realidades temporales son las que tenemos que santificar, convirtiéndolas en oración. Y así -decía nuestro Padre que se han abierto los caminos divinos de la tierra- todo quehacer noble, aunque parezca indiferente, con tu gracia, Señor, con la intercesión de nuestra Madre del Cielo, Nuestra Señora, la Santísima Virgen de Fátima, se vuelve oración, como incienso que se eleva hacia el cielo en tu presencia, Señor.
Así han de ser nuestras vidas: como esas candelas que se consumen aquí para honrar a tu Madre. Yo había formulado el propósito, en Roma, antes de venir aquí, de realizar lo mismo que nuestro Padre en las muchas ocasiones que pasó por Fátima. A veces, recorríamos Portugal de norte a sur, y parábamos a las doce de la noche aquí en la Capelinha, rezábamos nuestras Preces con un cariño a la Virgen, con un amor, con una fe, con una confianza..., como ahora.(...)
Por la intercesión de la Santísima Virgen, te pedimos: acorta este tiempo de prueba que atraviesa la Iglesia. Para eso, Madre mía, renuevo la consagración (...) que te hizo nuestro Fundador. Haz que el Opus Dei, que no somos más que un poquito, una parte pequeña dentro de la Iglesia, sea un foco de amor, que desprenda mucho calor, mucho fuego, mucha luz. Y eso depende de Ti, Madre mía, y de nuestra fidelidad: alcánzanos la gracia de corresponder con generosidad a los dones de Dios, que Tú, abundantemente, generosamente, Madre mía, nos consigues y nos entregas.(...)
Acudimos a tu protección. Ayúdanos siempre. Haz que te seamos fieles, siéndolo a tu hijo Jesús. (...)
Cripta de Villa Tevere, Febrero 1982
Después de haber recibido a Nuestro Señor, en esta acción de gracias maravillosa que es la Santa Misa, le damos gracias porque ha venido para toda la Iglesia, para la Obra, para cada uno de nosotros.
Es día de acción de gracias, y día de propósitos; y también pedimos: ¡día de pedir mucho!, a través de la intercesión de nuestro Padre, haciéndonos fuertes con su fortaleza. Mientras estuvo en la tierra tenía fortaleza prestada -lo repitió tantas veces-; ahora ya posee una fortaleza propia: la que le ha dado el Señor, para siempre. Y en ella nos apoyamos con toda confianza. Además comprobamos que nuestro Padre intercede por nosotros. Hemos de corresponder dando gracias a Dios por su entrega, por su fidelidad, por sus enseñazas, y el Señor permitirá que el alma de nuestro Fundador, aparte de encontrarse en el cielo, nos acompañe también aquí.
Y está la Santísima Virgen cubriéndonos con su manto, en este día que, por voluntad de nuestro Padre y con permiso de la santa Iglesia, dedicamos a Ella como fiesta suya, fiesta de la Madre del Amor Hermoso. Le pedimos que seamos más fieles, le encomendamos las necesidades espirituales y materiales de cada uno y de cada una, especialmente hoy rogamos por la Sección femenina y por la sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Hijas mías, pedid mucho por la Iglesia.¡Cuánto lloró nuestro Padre! Y cuánto lloraría si estuviera aquí entre nosotros ahora. ¡Qué mal va todo! Ya es corriente, por desgracia, que en tantos lugares no exista el matrimonio, ni siquiera el civil -que para los cristianos no es nada-; y que no se bautice a los niños. Es absurdo. La humanidad huye de Dios, que es el Padre, que nos espera como refugio, como fortaleza y como premio: como todo.
¡Dios mío!, que nos entreguemos a Ti; te lo pedimos para todos y para todas, con toda el alma, con toda nuestra fe; y lo queremos, Señor, no para nosotros, sino para Ti, por Ti, para servirte, para amarte, para que estés contento de nosotros y para que haya muchas otras personas que se acerquen a Ti, porque Tú nos has utilizado como instrumentos. ¡Qué bueno es Dios!, que podía haber llamado a otros. Cómo vamos a corresponder, sino con más entrega, con más amor, con más fidelidad, diciendo: ¡de ahora en adelante señor, sí va en serio! Este propósito que hacemos es para cumplirlo, no para abandonarlo, ¡ayúdanos!, porque sin Ti no podemos hacer nada bueno.
Rezad mucho, hijas, por el Papa, para que sea buen servidor de la Iglesia; por su salud; por su santidad (...) por sus colaboradores: que sean eficaces, que estén llenos de las virtudes y dones del Espíritu Santo, y así todo ira bien, y habrá un florecer, en toda la Iglesia, de vocaciones de obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos santos, de padres de familia encantadores.
Vamos a terminar; gracias, Dios mío, porque has venido a nuestras almas. Gracias por esta Santa Misa, gracias por la fundación de la Sección femenina y por la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. ¡ Y que seamos fieles! Renovamos el propósito de entrega, con la intercesión de nuestro Padre, que nos preside aquí. Te pedimos por último, por medio de la Madre del Amor Hermoso, que estemos todas y todos realmente enamorados de Ti.
´Tor D´Aveia, Diciembre 82
Hijas mías, vamos a dar gracias a Nuestro Señor, en primer lugar porque le hemos recibido, y, al contacto con Dios, nuestra alma se ha transformado, está esplendorosa ante su mirada. El Señor ha dicho que sus delicias son estar con los hijos de los hombres, y con nosotros está: para llevarnos hacia delante, para que seamos santos. Le damos gracias por medio de la Santísima Virgen, Madre suya y Madre nuestra, Medianera de todas las gracias, y que actúa de un modo muy especial en este Don maravilloso que hace el Señor de Sí mismo.
Damos gracias también porque hoy, fiesta de la Virgen de Guadalupe, sin buscarlo, es precisamente cuando se ha podido celebrar por primera vez la Santa Misa en esta ermita, dedicada a la Virgen de los Dolores en recuerdo de la Abuela. Dios mío, ¡qué bueno eres, que has querido que tu Madre, estando al pie de la Cruz mientras Tú morías, fuese Corredentora nuestra! Ella aceptó todos los dolores tuyos -que eran suyos, y que eran espada que le atravesaban el Corazón-, por amor a nosotros, sus hijos. En ese momento tremendo de tu crucifixión, Ella aceptó esta ofrenda tuya y te ofreció también: ¡es el sacrificio más grande!
Estamos ente la imagen de la Virgen de los Dolores, esa Madre a la que hacemos sufrir cada vez que somos poco fieles y decimos que no al Señor. Vamos a pedirle, sirviéndonos de la mediación de la Abuela, que tanto la quería, y de nuestro Padre, y de Carmen, que nos conceda la gracia de parecernos a Ella.(...)
Nuestro Padre, cuando estuvo en México, encomendaba la intención especial (...) a la Santísima Virgen. (...) Ahora nosotros en nombre de esta pequeña familia del Opus Dei, de los que somos y de los que vendrán, con la gracia de Dios, a lo largo de los siglos, le decimos a la Santísima Virgen que la queremos, que deseamos ser fieles, que no queremos ser causa de que otros puñales se claven en su Corazón.
Vamos a hacer propósitos. Estamos en un año de acción de gracias, después de rezar durante tanto, tanto tiempo: tantas horas de trabajo ofrecido a Dios -millones y millones-, tantas mortificaciones, tantos millones de Santos Rosarios, tantos millones de Santas Misas ofrecidas por la intención especial; y tantas personas, de nuestra familia o parientes, o amigos, que han muerto ofreciendo con alegría su vida al señor por esa intención. Ya hemos llegado al final, ya la hemos obtenido del señor. Nuestro Padre está muy contento en el Cielo, y es otro motivo más de alegría, en la fecha de hoy, en la que entregamos a la Madre de Dios lo que es suyo. Ella es la Madre y Señora de todos nosotros: por lo tanto es la dueña de todas las cosas que hacemos, de todos nuestros afectos, de todo lo nuestro. Y esta ermita también es suya, y Ella la acepta: le gusta que le digamos que se la regalamos; la hemos hecho para Ella con tanto amor, para facilitar la devoción a la Santísima Virgen, y en recuerdo de la Abuela (...)
Hijas mías, hay que ser muy fieles, muy fieles: tenemos toda la gracia y toda la ayuda de Dios Nuestro Señor; tenemos toda la ayuda de la Santísima Virgen, a la que tanto amamos. Si algo falla, somos nosotros. Madre mía, ¡que no fallemos más!, que seamos fieles, que sepamos vencer nuestra soberbia, nuestra sensualidad, nuestro orgullo, nuestra pereza. El lema del Santo Padre, referido a la Virgen, es Totus tuus, soy todo tuyo; nosotros exclamamos ahora: totum tuum, todo el Opus Dei es tuyo, todo lo nuestro es tuyo y nosotros mismos somos tuyos también: trátanos como cosa tuya, con cariño, porque los objetos propios se tratan con cuidado, para que no se estropeen, para que duren. Acudimos a la Madre Dios con esta confianza filial. Ella, porque somos sus hijos, nos ayudará. Vamos a terminar esta acción de gracias con este nuevo propósito de fidelidad y de alegría, porque tenemos una Madre en el Cielo que merece que estemos contentos.
Montreal, 27 Abril 1983
Durante esta Misa -o por lo menos en algún momento del día de hoy- habréis recordado que es el aniversario de cuando nuestro Padre -como él mismo decía- se murió; y, en pocos segundos, el Señor le hizo ver como una película de su vida. Pero quiso que después recuperase la salud.
Esto lo hizo Dios Nuestro Señor para que nuestro Padre realizara un acto de aceptación de la divina voluntad. Y con nosotros también se comporta así: cuántas veces, por un sistema o por otro, nos remueve para que tengamos más salud espiritual.
Hemos de estar siempre pendientes de Nuestro Señor: es el objeto de nuestro amor, la finalidad de nuestra vida; Él es quien nos sostiene, y es tan bueno que nos ha dejado a la Santísima Virgen para que interceda por nosotros.
Hoy es un buen día para dar gracias a Dios por todos los beneficios que concedió a nuestro Padre, concretamente por este hecho que conmemoramos hoy, que le llevó a aceptar la muerte, la Voluntad de Dios, con entrega total; y después, a volver de nuevo a la vida decidido a seguir trabajando por el Señor, como antes, y como continuó hasta el final. Así nosotros, hijos míos, así nosotros.
El Señor se nos entrega constantemente; hace unos momentos, de un modo sacramental, de tal manera que lo tenemos en nuestros cuerpos y en nuestras almas, que estarán resplandecientes como el sol: el contacto con Dios hace que sean dignas de ser amadas por Él. ¡Que no las manchemos nunca, no ya sólo por el pecado mortal: ni con el venial deliberado! Nuestro Padre lo repetía constantemente; tenía aversión, odio, al pecado venial deliberado. El Señor nos espera en esta cárcel de amor, desde hace veinte siglos, y nosotros somos tan locos que nos olvidamos de Él, y no le hacemos tanta compañía como deberíamos, ofreciendo el trabajo, hecho con amor. Somos tan locos que, sabiendo que nos espera, nos olvidamos de volar al Sagrario, a los Sagrarios de los Centros de todo el mundo para adorarle, para decirle que somos de Él, que queremos ser fieles. Recordáis aquel grito de nuestro Padre pidiendo más, más, más. Pues ahora os lo pido yo en nombre de nuestro Fundador, hijos míos: más entrega, más amor, más humildad, más prescindir cada uno de sí mismo, más entregarse a los demás, más celo por las almas, más actos de servicio a vuestros hermanos.
Señor, yo sé que el camino es la entrega, la humildad, el servicio a todas las almas, pero a veces se me olvida. ¡Ayúdame más! Te lo pido en nombre de estos hijos míos que te quieren. ¡Quieren enamorarse más de Ti! Ayúdales más. Yo deseo que estos hijos míos sean muy fieles; ayúdales Tú más, para que sean más fieles.
Hazles comprender que de ellos dependen un montón de cosas buenas en el Canadá, en el mundo entero. Dependen tantas vocaciones…, dependen tantos actos de amor que no se hacen, y que se harán cuando haya muchas almas que se acerquen a Ti, Dios mío, por medio de esos hijos míos. Utilízalos, Señor, utilízalos como un instrumento queridísimo tuyo, porque eso son. ¡Utilízalos! para que se extienda el amor tuyo por estas tierras de Canadá, para que te amen más almas -amándote cada día más mis hijos- . Y después te pido más, más miembros para esta familia. Los necesitamos; necesitamos que aumenten mucho para trabajar en Canadá; y después, en otros países donde nos esperan.
Ya es la hora. Pero, Señor mío, no puedo terminar sin decirte, otra vez, gracias. Gracias por este aniversario que conmemoramos, gracias por que nos has dejado a tu Madre, gracias ante todo porque has venido a nosotros. Gracias porque estoy seguro de que removerás cada día más a estos hijos míos para que sean cada día más y más tuyos.
Nueva York, 3 Junio 1983
Señor, Señor, te llevo en mi pecho. Te doy gracias porque has venido a mí. Te agradezco también que por primera vez, he podido celebrar la Santa Misa rodeado de estos hijos míos de los Estados Unidos de América.
Para mí ha sido un regalo muy grande. Siento un gozo inefable el recibirte, y hoy más aún, por haber celebrado aquí la Santa Misa. (...) Señor, Tú lo sabes todo, y has visto que a pesar de nuestras flaquezas y de nuestras debilidades, queremos serte fieles. Señor, Tú ves el trabajo realizado en esta tierra, y estoy seguro de que lo bendices, como lo bendigo yo en tu nombre.
Pero necesitamos más. Aquí hay una potencialidad maravillosa que puesta al servicio tuyo y según el espíritu de la Obra, puede beneficiar a la Iglesia entera y a toda la humanidad. Con tantos millones de americanos y tantos medios materiales, ¡cuánto bien se puede hacer.. o cuánto mal! Señor, te pido que produzcan siempre mucho bien, que se extienda el espíritu de la Obra por todas partes, que muchos se sientan movidos a santificar su trabajo profesional. Aquí se trabaja mucho y bien. Haz que trabajemos unidos a Ti en la Santa Misa, ofreciéndote toda la jornada con la alegría de ser corredentores.(...)
Te pido por la santidad de todos y de todas, para que mis hijas y mis hijos americanos se enamoren cada día más de Ti. Te pido que todos luchemos por cumplir bien las Normas. No digo que cumplamos bien, sino que las queramos cumplir bien, y luchemos por conseguirlo. Sé que cuando las cumplamos con perfección, Tú nos mirarás como se mira a una rosa abierta y perfumada, para cortarla y ponerla ante el trono de Dios. Pero mientras tanto, que luchemos un día y otro con perseverancia, con amor siempre nuevo, con la alegría de servirte, con el deseo de que Tú estés siempre contento.
Señor mío, estás presente en nosotros, has venido realmente, corporalmente, de un modo sacramental: con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad, a cada una de nuestras almas. Y como de Ti, Señor nuestro, no se pueden separar el Padre y el Espíritu Santo, la Santísima Trinidad actúa dentro de nosotros. Y como la Santísima Virgen y San José no se separan de Ti, aquí están, de un modo misterioso, inefable, bendiciéndonos, animándonos, empujándonos.
Señor, que seamos fieles, que nos dejemos empujar, que recibamos constantemente esas mociones tuyas, para que luchemos más en un mejor cumplimiento de las Normas; para que dominemos nuestro amor propio, nuestra soberbia, nuestra sensualidad, nuestra pereza; para que vivamos una caridad fraterna como Tú la quieres: poniendo en medio de ese cariño nuestro -que debe ser muy grande- el Corazón de Cristo: tu Corazón, Señor.(...)
Te hemos recibido, Señor, y estás dentro de nosotros en ese Corazón que late, con ese Corazón que da vida, que es la Vida. Haz que, como consecuencia de esta Comunión y de nuestra lucha diaria, seamos nosotros los que nos metamos en tu Corazón divino, para vivir vida divina, para no tener más norte, más pensamiento que el de agradarte. Que sepamos actuar de tal manera que estés siempre contento. Que cuando veamos tanta deserción en la Iglesia, esta crisis tan profunda, suframos contigo, y contigo gocemos al ver los frutos de tu actuación en las almas.
Acudamos al Corazón Dulcísimo de María. Si nos metemos allí, viviremos con Ella. La Virgen no pensaba más que en su Hijo, y en Dios Padre, y en Dios Espíritu Santo, su Esposo. Si vivimos con Ella, no tendremos más deseo que el de agradar a Jesús, ni más afán que el de pronunciar a lo largo de nuestra vida un fiat continuo como el de nuestra Madre Santísima. (...)
Cavabianca, Junio 83 (Procesión)
Con vuestra licencia Soberano Señor Sacramentado.
Estamos muy contentos por haber podido hacer esta acto eucarístico de adoración y de desagravio a Nuestro Señor Jesucristo, con toda la piedad de que somos capaces.(...)
Entre los puntos característicos del espíritu del Opus Dei, que hemos recibido de nuestro Padre y que todos nos esforzamos por practicar, se encuentra la veneración y el amor a la Sagrada Eucaristía. Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento alimenta constantemente nuestros pensamientos y nuestros deseos, nuestra vida entera. Hace que levantemos de continuo nuestro corazón a Dios para decirle: ¡Señor mío y Dios mío! Tú eres mi Dios y mi Todo; adoro te devote, latens deitas! eres mi Amo. En este viaje por América, en el frontal del altar de un Centro nuestro, he visto una inscripción que me conmovió. Era un frontal antiguo, en el que está escrito: Viva mi Jesús Sacramentado.
¿ Y nosotros, hijos míos? Toda nuestra vida, nuestros pensamientos y nuestras palabras, nuestras obras y nuestros deseos, han de ser para el Señor Sacramentado. Él es el Pan de Vida que nos vivifica. El que nació del seno de la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. El que tuvo que huir a Egipto. El que vivió en Nazaret y aprendió de María y de José los modos de hablar, los modos de decir. El que realizó aquellos milagros colosales. El que sufrió por nosotros con una muerte increíblemente cruel, que emociona sólo con pensarlo. El que después resucitó y se fue al Cielo y, al mismo tiempo, como nos enseñaba nuestro Padre en su constante catequesis, quiso quedarse entre nosotros y así lo hizo, porque podía. Aquí le tenemos.
Hijos míos, hemos de esforzarnos. Delante de Jesús Sacramentado, que nos preside, formulemos una vez más el propósito de luchar para meternos en el Corazón de Cristo, que nos espera y nos muestra esa Llaga abierta en su Costado, como invitándonos a entrar allí; para gozar con Él, por las alabanzas que recibe, y que nosotros le dirigimos también; y para sufrir con Él, por las ofensas de tantas personas que se apartan de su lado con miedo o con odio. Para adorarle y para agradecer todos sus beneficios. Para desagraviar a la infinita Majestad de Dios, ofendida por los pecados de los hombres y por los nuestros. Para impetrar tantas gracias como necesita la Santa Iglesia, que sufre esta crisis tan fuerte, tan honda.(...)
Hijos míos, demos gracias a Dios. Formulemos el propósito de hacer muchas Comuniones espirituales, de estar siempre pendientes de Jesús Sacramentado, de rondarle en los Sagrarios de este Centro, y en los de todos los Centros de ls Obra en el mundo entero, y en los de todas las iglesias donde se encuentra reservado. Vamos a decirle: Señor, aquí me tienes, como Juan el lechero; no sé decirte nada y, sin embargo, Tú sabes que te amo. Y el Señor nos alienta, nos bendice, nos sonríe, y nos estrecha contra su Corazón, para que podamos ser apóstoles suyos.(...)
Vamos a terminar con una Comunión espiritual. Yo quisiera, Señor, recibiros (...) Y ahora que has entrado de un modo nuevo en nuestros corazones, Señor, quédate allí, no salgas nunca. Sé la meta de nuestras miradas. Sé la luz de nuestros pensamientos. Sé Tú siempre, Señor, el objeto de nuestros amores. Amén.
Cavabianca, Junio 1985 (Procesión)
Cuando paseábamos por estas calles y estos jardines, le he dicho: Señor, es verdad esto es tuyo. Pero, ¡fíjate qué bien lo han arreglado tus hijos del Opus Dei!, ¿qué alfombras de flores!, ¡qué maravilla de combinación de colores (…) ¡lo han hecho por que te aman!
El Señor, os aseguro, está muy contento porque ha visto en esto el cariño de sus hijos del Opus Dei. Ha visto la piedad filial a nuestro Padre Dios y a la Santísima Virgen, que no se separa, no puede separarse de Jesucristo en la Eucaristía. Y, de otra parte, piedad filial hacia nuestro Fundador, porque todos sabemos que hacer una procesión así, en esta casa era uno de los sueños de nuestro Padre. Si nosotros lo llevamos a cabo, se debe al cariño con que nuestro santo Fundador preparó todo.
En ese diálogo con Jesús, nosotros le ofrecíamos todo, y Él nos respondía: soy Yo el Dueño y, sin embargo, ya veis, me tratáis como queréis: me lleváis para adelante y para atrás, me subís y me bajáis; y Yo me someto a todo. Me acordaba de lo que decía nuestro Padre: si es grande la humillación de Jesús en Belén, y en Nazaret, y después en la Cruz, más grande es todavía su humillación en el Sagrario. ¡El Señor, Dueño del Cielo y de la tierra, se nos muestra como una cosa, a nuestra más completa disposición, esperando nuestra entrega, nuestras palabras de Amor!
Señor, te amamos y deseamos ser fieles. Queremos derrocar, quitar de nosotros, todo lo que sobra para ser buenos hijos tuyos. ¡Ayúdanos! Ya ves que tenemos tantas dificultades: las que crea nuestra soberbia, nuestra vanidad, nuestra sensualidad, nuestra pereza… y tantas cosas más. Tú lo sabías y, a pesar de todo, nos has elegido, conociendo que íbamos a dar tan poco resultado, que de vez en cuando te íbamos a traicionar en lo grande o en lo pequeño -para una persona enamorada no hay nada pequeño, todo es grande- Y, a pesar de todo, Jesús nos llamaste y nos has llamado hoy, en esta tarde de Junio en Roma, a esta intimidad contigo, en un paseo por esta casa.
Decimos al Señor que queremos ser fieles. Y Jesús parece que nos toma la palabra y nos responde: ¿Sí? ¿Queréis servirme? ¡Sed más santos! ¡Luchad más, con más entrega, con más amor, con más sinceridad! ¡Enseñad la herida para que puedan cauterizarla! ¡Disponeos a ser buenos instrumentos! El -nos lo asegura- nos ayudará. Y, en nombre suyo, nos ayudarán los Directores de la Obra. Abrid bien el corazón en una charla fraterna bien hecha.
Hijos míos, ¡vale la pena! Vale la pena decir a Dios que sí. Entonces, al ver nuestra buena voluntad y nuestro deseo de luchar, el Señor nos pone delante un panorama magnífico de apostolado. Jesús en el Santísimo Sacramento nos habla de lo que tantas veces nos dijo nuestro Padre: es menester hacer una cruzada de virilidad, de fortaleza, de entrega, para borrar tanta huella viscosa, tanta mancha sucia de sensualidad, de soberbia, de odio…¡De odio a Dios que es el Amor de los amores!
Hijos míos, haced propósitos de amar más. Para eso, sed almas de Eucaristía, como nos repetía constantemente nuestro Padre. ¡Almas de Eucaristía! Tratad a Jesús Sacramentado, habladle, sabed que nos espera. Que nuestro corazón se abra junto al Sagrario para que el Señor derrame en nuestras almas todos los tesoros de su Amor. Hijos míos, ¡a ser fieles! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! Vamos a decir hoy a nuestro Señor, poniendo por testigo a nuestro Padre que nos oye desde el Cielo, que estamos dispuestos a poner los medios. Que Él nos ayude. Hijos míos, ¡a ser fieles!
Cripta de Villa Tevere, Julio 85
Nos encontramos apiñados alrededor de los restos amados de nuestro Fundador, para dar gracias a Dios por el beneficio grandísimo de la Santa Misa y de la Comunión; y yo, además, en agradecimiento por la llamada que me dirigió el Señor hace cincuenta años.
¡Cuántos dones, hasta entonces y desde entonces!; cuántas llamadas se han sucedido a lo largo de los años, y cuánta misericordia y cuánto perdón ha tenido que derrochar sobre mí. Señor, gracias.(...)
Vamos a acudir con confianza a nuestro Padre, para que siga dirigiendo la Obra desde el Cielo, como lo hace, pero cada vez con más intensidad y con más eficacia. Y la Obra somos nosotros; el Opus Dei es una cifra compuesta por muchos sumandos, que somos cada uno, y hemos de ser santos.
Hijas mías, tenéis que luchar con mayor ímpetu; yo también. Hemos de estar más pendientes de Dios; así es como Nuestro Señor hará la Obra, a través de nosotros. Lo que quiere Dios es que seamos más fieles; no es suficiente con perseverar en el cumplimiento de las obligaciones de cada día; eso es necesario, pero no basta; es preciso poner más amor cada jornada en las cosas pequeñas. Así el Señor estará contento, y nuestra vida será como una música maravillosa ante Nuestro Señor.
Que no haya jamás rutina en nuestra vida; que lo hagamos todo por amor. Para eso, hemos de luchar contra lo que se opone al amor, y en primer lugar está la soberbia, la comodidad -que es falta de amor-, la pereza -que es también falta de amor-... Después, cada uno, concretamente, contra sus defectos dominantes, que se introducen casi sin que nos demos cuenta. Pero tenemos un intercesor grande en el Cielo, nuestro Padre, que pide para nosotros las gracias necesarias para que seamos más fieles.
Doy gracias a Nuestro Señor por la llamada a su Obra, pido perdón de todo corazón, y acudo a la intercesión de nuestro Fundador. Padre, ayúdame más, para que me decida de una vez a ser fiel, a estar entregado, porque de mi santidad, de mi entrega personal, depende en buena parte la santidad de tantos millares de hijas y de hijos míos, esparcidos por el mundo.
Señor, que sienta el peso de mi responsabilidad, sabiendo al mismo tiempo que si yo quiero, si me entrego a Ti, ese peso lo llevas Tú y, por lo tanto, el mío es ligero.
Hoy es un buen día para renovar los propósitos de fidelidad. Durante todas las jornadas de preparación inmediata de este aniversario, he notado la oración de la Obra por mí; lo he experimentado de un modo casi físico: el Señor me empujaba, y eran mis hijas y mis hijos, que me encomendaban. Señor, que corresponda, que ante este cúmulo de gracias que me concedes, yo ponga buena voluntad, para ser fiel.
Te pido perdón otra vez, Dios mío, por mediación de nuestro Padre, por todas mis faltas de entrega, por todos mis pecados, por los pecados y por las faltas de entrega de todos los hijos míos de la Obra.
Señor, que estemos vibrantes, que nos comportemos como Tú esperas, de tal manera que sirvamos a la Santa Iglesia, nuestra Madre, que está tan necesitada de ayuda y de cariño. Te pedimos por el Papa, por todos los obispos, por los sacerdotes del mundo entero, por todo el pueblo fiel. Y especialmente te pido por esta pequeña familia del Opus Dei: que seamos fieles y que estés contento de nosotros, y así, en medio de este desastre actual que hay en la tierra, Tú nos mires desde el Cielo y puedas apoyarte en nosotros, puedas gozarte de ver que hay un puñado de corazones que te aman, que desean ser fieles y que procuran extender tu doctrina por todo el mundo.
Te doy gracias, Dios mío, y te pido perdón otra vez.
Londres, Noviembre 1985
En la Misa, hemos leído y meditado las palabras de Espíritu Santo, cuando afirma que somos piedras vivas en el templo de la Iglesia, y que ese templo se está edificando constantemente. Hemos leído también que debemos respetar nuestro cuerpo, porque somos templo de Dios.
Y realmente, Dios mío, ahora te tengo dentro de mí bajo las especies sacramentales. Estás siempre dentro de mí -regnum Dei intra vos est- por la gracia. Pero ahora, sacramentalmente: con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. Y no alcanzo a darte gracias adecuadamente, porque este don es inefable. Señor, ¡qué bueno eres, que vienes a mí! Ante esta dignación, ante esta merced tan grande que me prodigas, no me queda más que corresponder diciendo: ¡Señor, aquí me tienes! ¡Quiero ser fiel!
Te pido perdón por todos mis pecados. Te ruego que pases como una esponja para borrar las manchas que el pecado ha dejado en mi cuerpo y en mi alma. Quiero ser santo. Quiero ser digno templo tuyo, un sillar fuerte entre estas piedras vivas que constituyen la Iglesia. Y ya ves, Señor, que solo no puedo. Lo sabes perfectamente, porque Tú me has creado. Y me has dejado esta libertad que no siempre sé emplear para el bien. Muchas veces, sí; pero otras, no. ¡Señor, perdóname! Haz que de ahora en adelante luche más, sea más fiel.
Todos hemos de profundizar en nuestro sentido de responsabilidad, porque estamos empezando el Opus Dei en todo el mundo. Es cierto que lo vemos cuajado, extendido por todas partes, con flores y frutos abundantes. Y, sin embargo, siempre estará empezando. Ante esto, sentido de responsabilidad. Porque sé que, por la Comunión de los Santos, mis acciones buenas o malas repercuten para el bien o el mal de todos los miembros de la Obra y de toda la Santa Iglesia de Dios. Señor, que sea bueno, que sea fiel.(...)
Señor, queremos ser fieles, estar entregados de verdad; que nos puedas mirar y ponerte contento. Deseamos que, viéndonos, no tengas necesidad de decir lo que exclamaste al contemplar Jerusalén, entre lágrimas: ¡cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina cobija bajo sus alas a sus polluelos, y no quisiste! Señor, de ahora en adelante, queremos ser buenos hijos tuyos. Bendice nuestros buenos propósitos. Haz que seamos fieles.
El mundo está esperando su redención. A la vez, Tú quieres siempre estar al lado, muy cerca de todos los hombres. Y, sin embargo, vemos que los hombres te rechazan: así sucede en todas partes. Dios, en nuestra civilización del bienestar, es algo molesto, que estorba, que da fastidio porque es exigente. Se le pone entre paréntesis, y se le acaba olvidando. ¡Que se están olvidando de Ti, Dios mío! Nosotros no nos olvidamos de Ti, pero mucha gente te pone entre paréntesis para no tener que nombrarte, te olvidan, Señor.
Mientras, Tú -de alguna manera, que no podemos entender- sigues muriendo por todos. Leemos en la Epístola a los Hebreos que los que te ofenden -rursus crucifigentes Filium Dei- vuelven a crucificarte. Es ésta la situación del mundo que se aparta de Ti, que te odia, que te crucifica de nuevo.
Y nosotros, que -sin ningún mérito de nuestra parte- hemos sido llamados por Ti, ¿qué hacemos? Señor, de ahora en adelante, te seremos fieles. Yo quiero serte fiel.(...)
Acudo a tu Madre, que es Madre nuestra: Ella nos ayudará. Madre, acabamos de recibir a tu Hijo. Nuestra alma está luminosa, transformada por la presencia de Jesús. Haz que no lo echemos nunca. ¡Haz que seamos siempre fieles! ¡Ayúdanos, Madre nuestra, ayúdanos!
Hohewand, Agosto 1986
Me da mucha alegría haber estado en Austria y haber celebrado aquí la Santa Misa, en la fiesta de la Transfiguración. Fue mucho lo que recibieron los tres Apóstoles: contemplar la Gloria de Dios. Esa visión produjo en Pedro, Santiago y Juan como una borrachera: estaban fuera de sí por haber visto a Cristo glorioso. Por eso no sabían lo que decían, como anota el evangelista. No se les ocurre ni siquiera dar gracias; simplemente exclaman: Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas...
Nosotros, como los Apóstoles después y todos los cristianos, hemos recibido mucho más. Jesús se nos ha dado como alimento. Le recibimos a diario, ¡al mismo Cristo!, y nuestras almas quedan como transformadas. Es mucho más que una visión efímera: viene a nosotros
.
Me sirve a veces una consideración, algo ingenua. Recuerdo aquellos crepúsculos en Castilla, en los que el sol poniente transformaba el color del horizonte. El Cielo se ponía rojo vivo, y amarillo brillante. Se diría que el sol tocaba la tierra...y ni siquiera se acercaba: seguía tan lejano. Y ahora, es el Creador del sol y del universo quien se nos acerca; y no solo eso: entra en nosotros. Cuando recibimos al Sol de los soles, ¡qué maravilla!, nuestra alma queda transformada, y el efecto debe ser mucho más fuerte que el que produjo en ese día a los Apóstoles. El de hoy es un milagro mucho más grande.
Señor, te doy gracias por esta maravilla que has hecho conmigo. Gracias por haber hermoseado de esta manera mi alma, quemando la escoria de mis pecados. Y renuevo el propósito de comportarme de modo que no te apene nunca venir a mi corazón. Gracias, Dios mío, porque nos amas tanto.
Hemos leído en la Santa Misa unas palabras sobre la realeza de Jesús. Al recitarlas me venían a la memoria esas otras que repetía nuestro Padre ya desde los años 30: regnare Christum volumus! Cuántas veces lo escribió el Padre en sus apuntes íntimos -las Catalinas-, y en el primer Reglamento de la Obra. Porque ese fue el fin de su vida: poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas.
Señor, queremos ser fieles. Te lo decimos sinceramente, aunque luego, quizá, por nuestra debilidad ese deseo se vaya a quedar en flor de un día, que -como decía nuestro Padre- se marchita al primer beso del sol. Que perseveremos en ese deseo de entrega, de ser fieles. ¡Ayúdanos más! Porque, a veces, parece que somos niños pequeños que se cansan de servirte. ¡Qué pena! Danos más fuerzas. Te lo pedimos a través de tu Madre. A Ella no le puedes negar nada. Madre Nuestra, ¡ayúdanos!; haz que seamos muy sinceros y muy humildes. Cuando seamos humildes reinará tu Hijo en nosotros.
Jesús mío, te amo. He visto a estos hijos míos de Austria, que te aman tanto. Ayúdales más. Que se produzca en Austria algo así como un terremoto, una nueva Pentecostés. Ayúdales más. Por la Santísima Virgen te lo pedimos, que es nuestro refugio y fortaleza.
Findlay (Cr Australia), Enero 1987
Doy gracias a Dios Nuestro Señor por este don inconmensurable de haber venido sacramentalmente a nosotros. En estos momentos Jesucristo, el Verbo Encarnado, Dios y Hombre verdadero, está junto al corazón de cada uno. ¡Cómo gustaba a nuestro Padre hacer con frecuencia actos de fe explícitos! También nosotros creemos que después de haber recibido la Sagrada Comunión, Jesucristo está dentro de nosotros, con su Cuerpo y su Sangre, con su Alma y su Divinidad. El que tomó carne en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen, El que vivió y murió por y para nosotros, ahora nos da la vida. Lo has dicho Tú mismo, Jesús: que el que te come no morirá para siempre.
Antes de la Comunión, hemos leído una oración que me emociona, porque se la he oído repetir a nuestro Padre miles de veces. Incluso en ocasiones la cantaba: quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi?, ¿con qué podré pagar al Señor por todo lo que hace, por todo lo que me da, por todo lo que me ha dado? Nuestro Padre continuaba: calicem salutaris accipiam et nomen Domini invocabo. Así le daré gracias, tomando el Cáliz de salvación e invocando el nombre del Señor.
Señor, estamos dispuestos a todo. Tú te das completamente y nosotros -yo, Señor- nos entregamos del todo a Ti. Calicem salutaris accipiam, estoy dispuesto a lo que Tú quieras y, con tu gracia, beberé este Cáliz de salvación, que es tu Sangre, aceptaré tu trono de gloria que es la Cruz, negándome a mí mismo. Así me pareceré a Ti. Es justo que a Ti me asemeje porque, como decía un Padre de la Iglesia -y nuestro Fundador nos lo ha recordado muchas veces -, cuando se toma un alimento, se transforma en el cuerpo del que lo consume; en cambio, cuando recibimos la Eucaristía, somos nosotros quienes nos transformamos en Ti: nos divinizamos en el alma y en el cuerpo. Es justo por eso, que bebamos el Cáliz de Señor, y que cantemos alabanzas a la Cruz. ¡Señor, estoy dispuesto a todo, a lo que quieras! Te lo digo con toda mi alma, con todo mi corazón. Sé que no tengo fuerzas, pero también sé que Tú tienes toda la fortaleza, que eres infinitamente poderoso.(…)
Sin tu gracia, Señor, no podemos nada, pero con tu ayuda, lo podemos todo. Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi? Jesús, por mucho que haga, no podré nunca agradecerte suficientemente todo lo que has hecho por mí. Díselo tú, hijo mío. Yo considero como gracias hechas a mí personalmente, todas las gracias que el Señor concede a mis hijos en la Obra. Mi única misión es ser fiel a la herencia que me ha dejado nuestro Fundador, preocupándome por la santidad de todos. Por eso rezo tanto, y por eso ofrezco la vida: por la santidad de todos y de cada uno. ¡Que os ayudéis hijos míos, que os ayudéis! ¡Sed fieles, tened el corazón y la cabeza puestos en la Obra! No tengáis otra ilusión que hacer el Opus Dei, por medio del trabajo profesional y de las relaciones sociales vividas según el espíritu nuestro.
Así, así damos gracias a Dios. Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi? calicem salutaris accipiam et nomen Domini invocabo. Beberemos el cáliz nuestro de cada día, daremos gracias a Dios, cumpliendo con amor, con alegría, con garbo sobrenatural y humano nuestras obligaciones y también lo que nos cueste, sin quejarnos. Así hacemos la Obra, y así se extiende este espíritu de filiación divina, este espíritu lleno de optimismo, porque Dios es Padre nuestro y, por eso, lo podemos todo. Los obstáculos podrán ser grandes o pequeños; pero, también en todas partes, mayor que esas dificultades es la gracia que el Señor nos concede.(…)
Northwestern (Cr Filipinas), 30 Enero 1987
Señor, te damos gracias de todo corazón, por haberte recibido hoy de nuevo. ¡Qué paciencia tienes con nosotros! Un día y otro nos ofreces nuevas oportunidades de amarte, a pesar de que a veces no hacemos todo lo que podemos. Parece como si no tomaras en cuenta nuestras faltas de generosidad, de correspondencia, de amor.
Señor, te agradezco con toda mi alma los beneficios que me dispensas. Te agradezco especialmente haber podido celebrar la Santa Misa y haberte recibido sacramentalmente, porque es este momento estás en mi corazón, con tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma y tu Divinidad. El mismo que nació de las entrañas purísimas de la Santísima Virgen; el mismo que predicó e hizo milagros, y sufrió la Pasión, y resucitó, y ascendió a los Cielos.
Señor, verdadero Dios y verdadero hombre, estás dentro de mí. Tienes un corazón como el nuestro, glorioso ya, que ha sufrido, que ha amado tanto y que sigue enamorado. Señor, Tú me has querido asociar a ti en la tarea de aplicar los frutos de tu redención, y deseas que trabaje por ti. Es éste el mayor honor y, a la vez, la mayor prueba de amor que me podías dar. Quiero ser fiel a tu llamada. Te lo repito ahora que estás dentro de nosotros; Tú, que eres nuestro Maestro y Amigo, nuestro Hermano y Redentor, nuestro Salvador.
Hoy en el Evangelio hemos leído dos parábolas. El Reino de los Cielos es como la semilla que lanzó a voleo un sembrador. Después, mientras el hombre duerme, Dios hace que la semilla germine, que crezca el tallo, que broten las flores y surjan los frutos. Requiere el Señor nuestro esfuerzo, nuestra colaboración, pero es Él quién da el incremento. Nosotros no podemos gloriarnos de los frutos, cuando vienen, porque son suyos, de Dios. Al verlos, hemos de hacer un acto de humildad: gracias, Señor, porque estos frutos provienen de ti. Sin embargo, a veces no nos comportamos así. Vamos a rectificar.
Señor, que seamos personas enamoradas de ti, que amemos con locura la vocación que hemos recibido, opere et veritate, con obras y de verdad, venciendo las inclinaciones torcidas, superando los aspectos del carácter que no te agraden, luchando especialmente contra la soberbia, que tantas veces nos aparta de ti.
¡Cuántas veces me vienen al corazón y a los labios unas palabras que repetía nuestro Padre!: Aparta, Señor, de mí, lo que me aparte de ti. Tú, hijo mío, díselo ahora conmigo a Jesús. Dilo con deseo eficaz, sabiendo que el Señor te oye. Pídelo para que te lo conceda.
Aparta, Señor, de mí, lo que me aparte de ti. Dile a Jesús que quieres dejar de lado el amor propio, la soberbia, el egoísmo, la tozudez…Señor, todo para ti. No deseo sino buscarte y ser un buen instrumento tuyo, sabiendo que hemos de trabajar todo lo posible, y que eres Tú quien pone el incremento. Los frutos son tuyos, Jesús, pero eres tan bueno que quieres hacer depender esos frutos de nuestro trabajo.
Considera que el Señor está dentro de tu pecho, junto al corazón. Piensa que eres ahora como la sede de la majestad de Dios. Ahí está Cristo y, con Él, el Padre y el Espíritu Santo, porque hay un solo Dios. Con Jesús estará María Santísima y San José, que jamás mientras pudieron, se separaron de su Hijo. También a nosotros nos concederá Dios la gracia de estar siempre al lado de Jesús. En torno a la Trinidad del Cielo y a la trinidad de la tierra se encuentra la corte celestial, los Ángeles y los Santos, adorando, bendiciendo, amando. Tú y yo podemos ser uno más en esa corte, y unirnos a ella para decirle a Dios que queremos serle fieles, que deseamos amarle más de día en día.
Para lograrlo, acudimos a nuestra Madre del Cielo (…) Madre Nuestra, bendice estos buenos propósitos y haznos eficaces en esta pelea, mediante la mortificación y el amor.
Samar (Ce Filipinas), 1 Febrero 1987
Hemos podido celebrar o asistir otra vez, Dios mío, al Santo Sacrificio de la Misa, en el que se renueva de modo incruento la Pasión de tu Hijo. Y eres tan bueno, Jesús, que al ofrecer al Padre tu Sacrificio por medio de mi sacerdocio ministerial, has querido además venir a nosotros. Te tenemos ahora en nuestro corazón, con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad.
Recuerdo, Señor, con qué alegría repetía nuestro Padre este acto de fe explícito en tu presencia real: Señor, creo que estás verdadera, real y substancialmente presente en la Hostia Santa: con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma, con tu Divinidad. Eres el mismo que nació de las entrañas purísimas de nuestra Madre del Cielo; el que vivió durante treinta años en Nazaret sujeto a María y a José; el que aprendió el oficio de carpintero; el que después, durante tres años de vida pública, explicó una doctrina divina, enseñando que el Reino de Dios está cerca; el mismo que murió por nosotros, resucitó y ahora nos espera en el Cielo.
Durante tu paso por la tierra, Jesús, enseñaste que estaba próximo el Reino de Dios. Ahora sabemos que lo tenemos dentro de nosotros: regnum Dei intra vos est. Más cercanía es imposible: el Reino de Dios está dentro de nosotros, en nuestra alma en gracia, que ha recibido el don infinito de la Sagrada Eucaristía. El Reino de Dios se ha asentado en nuestras almas, porque en ella se halla Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre; y con Jesús, están el Padre y el Espíritu Santo, porque existe un solo Dios.
Como le gustaba considerar a nuestro Padre, siempre pienso que, además, al lado de Jesús, de algún modo se encuentran también su Madre Santísima, que nunca se separó de su Hijo mientras pudo, y San José. La Trinidad de Cielo y la trinidad de la tierra moran en nosotros: regnum Dei intra vos est. Dentro de ti, hijo mío, dentro de mí se encuentra el Reino de Dios. De ahora en adelante, vamos a procurar comportarnos como dignos hijos de Dios. Que no manchemos nuestras almas que han sido adornadas y enriquecidas -por la bondad y el amor infinito de Dios- de una manera impensable para los hombres(...)
Pero, a veces, por nuestra debilidad, por nuestra pequeñez, nos detenemos en nuestro caminar. Perdónanos, Señor, ayúdanos; haz que seamos más fieles, haz que sepamos querer a todos, comprenderles, disculparles, amarles; que jamás nos resintamos de nada, porque de todo te sirves Tú, Dios nuestro, para llevarnos a ti, y no es justo que queramos dar coces contra el aguijón. Que amemos a todos, y que veamos a quienes nos corrigen, como instrumentos divinos que nos atraen hacia ti. Tiene que haber una gran unidad, Dios mío. Te lo pido con toda mi alma de sacerdote y de Padre en la Obra: que haya una gran unidad entre nosotros, que amemos cada vez más a nuestros hermanos, y yo a mis hijos; que sepamos comprenderles, que no juzguemos nunca a quienes dirigen, porque sería cosa diabólica. Que veamos siempre en sus consejos la mano de Dios. ¡Así acertaremos siempre, siempre, siempre!
Obedientia tutior. De este modo titulaba nuestro Fundador una composición poética en latín que tuvo que escribir, cuando era aún seminarista, explicando el lema de su obispo. Obedecer es lo más seguro. Al mandar, como somos hombres, nos podemos equivocar. Pero si actuamos con buena voluntad -gracias a Dios así lo hacemos siempre-, Tú, Señor, tomarás nuestras equivocaciones como actos merecedores de tu bendición. Pero los que obedecen -en Casa obedecemos todos, yo también-, los que obedecen, Dios mío, ésos aciertan siempre. Mientras no me manden pecar, Señor, obedeceré con alegría, porque sé que de esta manera te doy gloria, y Tú estás contento. Mi única ambición, mi único deseo, mi único anhelo es que Tú estés contento.
Shiu Fai (Hong Kong), Febrero 1987
Me gusta repetir todos los días, y todas las veces que puedo -como hacía nuestro Padre- este acto explícito de fe. El que ha venido a mí, el que he recibido en la Hostia Santa, es Jesús, con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad: perfecto Dios y perfecto Hombre. Él es el que nació de las entrañas virginales de nuestra Madre del Cielo, el que trabajó en la humilde casa de Nazaret, el que predicó e hizo milagros, el que murió por nosotros, el que resucitó y está en el Cielo, y ahora también en el centro de nuestra alma, en nuestro corazón.
Regnum Dei intra vos est! El Reino de Dios está dentro de mí - de ti, hijo mío-, dentro de cada uno de nosotros. Ahí está el Reino de Dios. Está Jesús, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Verbo Encarnado. Y con Él, como hay un solo Dios, están el Padre y el Espíritu Santo. Somos morada de la Santísima Trinidad. Una pobre morada, sí, pero elegida por Dios. Y con la Trinidad Santísima, de algún modo también se encuentra María, que jamás se separa de Jesús, y San José, porque se lo concederá el Señor: fue quien le hizo las veces de padre en la tierra. Todos los Santos y los Ángeles están alrededor de nosotros, adorando a Jesús, adorando a la Trinidad Beatísima. Y está también nuestro Padre.
Señor, te damos gracias, y te pedimos por el apostolado que nos confías. Te pedimos por todo el mundo, concretamente, por esta parte del mundo, por Asia. Y dentro de ella por China, con más de mil millones de personas, que no te conocen. ¡Y Tú has muerto por todos!
Si la mujer del Evangelio, con sólo tocar la orla de tus vestiduras, quedó salva, nosotros, que te tenemos dentro, que nos hemos convertido por dignación, por bondad tuya en el centro del Cielo, nosotros ¡podemos! Podemos ser buenos instrumentos, si queremos; porque Tú quieres, y tu querer es eficaz. Tu voluntad es capaz de transformar los corazones humanos. ¡Que no falte nunca la voluntad nuestra, para que se añada a la voluntad tuya! Y así, lo que ahora es un sueño, será una realidad. ¿Cuándo?...Cuando Tú quieras, Dios mío..., cuando Tú quieras. Pero ¡que no falte nuestro amor para que te puedas apoyar en nosotros!
Somos pobres personas, pero te amamos tanto, que te decimos que te puedes apoyar en nosotros. No queremos fallar, ni desfallecer, no queremos asustarnos: si nos asustásemos, sería por soberbia, por fiarnos de nuestras propias fuerzas. Y no lo hacemos así. Señor, confiamos solamente en la fuerza tuya.
Qui timet non est perfectus in caritate, el que tiene miedo no sabe querer. Nosotros no podemos tener miedo porque te queremos, queremos quererte, queremos aprender a quererte mejor. Aumenta en nosotros la fe, la esperanza y la caridad, así seremos buenos instrumentos tuyos.
Reina del Universo, Reina del Cielo, Stella Orientis, Stella Maris, Reina de China, Madre nuestra: ¡Ayúdanos! Me da alegría contemplarte en esta imagen, con rasgos asiáticos, que tus hijos filipinos han puesto aquí, con tanto cariño. Madre nuestra, Tú, ahora, con tu cuerpo glorioso, tienes unos rasgos que nosotros, pobres hombres, podemos acomodar a todas las razas y a todas las mentalidades; cada uno te puede ver como le convenga, porque Tú eres Madre de todos, y para ti no hay razas ni lenguas diversas: Tú eres la Madre buena, la Madre de los cristianos. Ayúdanos Madre nuestra, a dar gracias y a ser fieles, a pesar de nuestras pequeñeces y con nuestras pequeñeces. Que nuestras miserias, nuestras faltas de generosidad, nos sirvan, con tu gracia -que es grandísima, Madre nuestra- para ser más humildes. Así, quitando el obstáculo de nuestra soberbia, el Señor actuara con más eficacia. Te lo pedimos de todo corazón: ¡ayúdanos!
Shiu Fai (Hong Kong) 6 Febrero 1987
Acabamos de recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que tomó carne en las purísimas entrañas de la Virgen María. Por ahora, es la última vez que renuevo el Santo Sacrificio en Hong Kong.
Doy muchas gracias al Señor por haber venido a mí. Dios mío, te lo agradezco con toda mi alma. Te pido también que todos los días me perdones, me sigas perdonando; que todos los días vengas a mí como alimento, como Pan de Vida, para que -si yo respondo- pueda alcanzar la vida eterna.
Señor, te doy gracias por todas las veces que me perdonas, por las ocasiones en que vienes a mí -en que viene a ti, hijo mío- para limpiar mi alma, para darle fuerza nueva, para llenarla de vida sobrenatural. Vienes como Víctima propiciatoria, y te me entregas para que yo pueda dar gracias de modo digno a la Trinidad Beatísima -gratias tibi, Deus, gratias tibi-, ofreciendo a Dios el mismo Dios.
El Señor todo lo hace muy bien. Ha dispuesto que podemos saldar nuestras deudas, contraídas a causa del pecado, nada menos que dándose Él mismo, como pago por nuestros delitos. Ese es el ofrecimiento que te hemos hecho, Trinidad Beatísima. Te hemos ofrecido a Jesucristo, el Verbo encarnado, que murió y resucitó por nosotros. Padre Todopoderoso, te ofrecemos a tu Divino Hijo por el Espíritu Santo. Somos indignos, pero Tú has querido poner en nuestras manos este Sacrificio divino para glorificarte, para que paguemos nuestras deudas, para que te podamos dar gracias, y para que -mirando a los méritos de Jesucristo- te dignes, Señor, concedernos todos los bienes que necesitamos: gracias para ser santos, para luchar un día y otro contra nuestras miserias: la soberbia, la sensualidad, la pereza...., todas nuestras pequeñeces y nuestros apegamientos humanos.
Muchas veces, Señor, estos hijos tuyos que somos nosotros se portan -nos portamos- como si estuviéramos locos. Pero Tú sigues perdonándonos, mirándonos con ojos paternales. No con los ojos de un padre que se muestra distante, sino con los ojos de un padre que se entrega como solamente Tú -infinitamente grande, infinitamente amoroso- puedes entregarte. Tú, Señor, eres un padre que busca la cercanía de sus hijos, que reclama la confidencia, la confianza, y lo da todo. Eres un padre muy cercano. Lo dice la Escritura: quae est enim alia natio tam grandis, quae habeat deos appropinquantes sibi, sicut Dominus Deus noster adest cunctis obsecrationibus nostris? Fuera del Dios verdadero, no es posible imaginarse ningún dios que se que aproxime -se avecine, se entregue- a sus hijos como Tú te nos entregas, buscando nuestra cercanía, nuestra familiaridad, nuestro trato. ¡Qué maravilla de Padre es nuestro Dios!
¿Y nuestro Jesús? Es el Verbo encarnado que se sigue entregando por nosotros. Es el Sacerdote eterno que renueva incruentamente el Sacrificio del Calvario sobre el altar, para aplicar los infinitos méritos de su muerte tremenda.
¿ Y el Espíritu Santo? Se encuentra dentro de nuestras almas en gracia -en este momento de un modo muy especial- con el Padre y con el Hijo, dando contenido divino a nuestra existencia humana.(...) se encuentran también, de algún modo, la Santísima Virgen y San José, los Ángeles y los Santos.
Dios mío, yo soy un pobre hombre lleno de defectos y faltas de generosidad, pero Tú me conviertes, en este momento, en el centro del Cielo. Te doy gracias y te pido que me ayudes a ser fiel. (...). Haz que mis hijos vean siempre la voluntad tuya en aquello que los Directores indican.(...). Te pedimos por toda la Obra, especialmente por los que están pasando mayores dificultades en este momento, por los que sufren, por los que necesitan una ayuda especial. (...)
Mikawadai, 17 Febrero 1987
Aquí nos tienes, Señor Dios nuestro. Estamos arrodillados a tus pies. Te llevamos muy cerca del corazón, y sabemos que estás de asiento en nuestras almas. Te damos gracias por haber venido una vez más a nosotros. Te pedimos perdón por nuestras faltas de generosidad y por todos los pecados de nuestra vida. Hacemos el propósito de serte más fieles de ahora en adelante.
Se me viene a la memoria -y me remueve, y me empuja a formular propósitos mejores- aquella anécdota que en una ocasión recordé por escrito a los hijos míos que iban a recibir la ordenación sacerdotal. Es una frase de San Juan de Ávila que, al tener noticia de que otro sacerdote había fallecido después de celebrar su primera Misa, exclamó: "¡qué cuenta tiene que dar a Dios!". Y había celebrado una sola Misa…
Es verdad, hijos míos. Haber celebrado o asistido a la Santa Misa, haber recibido sacramentalmente a Jesucristo, lleva consigo una responsabilidad muy grande, porque se trata de un don inmenso de Dios. Es un don que expresa un amor inefable. Y amor con amor se paga. Nuestro amor a Dios, en correspondencia al suyo, debería ser tan enorme que no se pudiese expresar con palabras.
Sin embargo, Señor, ya ves. Te pido perdón por tanta cicatería, tanta falta de entrega, tanto cálculo. Por todo lo que hay en mí de falta de generosidad, por las veces que no he sabido ser buen hijo tuyo, por mis faltas de amor. Y te pido que perdones las faltas en la conducta y en la vida de todos los miembros del Opus Dei.
Tienes derecho a pedirnos mucho, porque nos das mucho. En nombre de todos tus hijos del Opus Dei, te repito que deseamos ser fieles. Señor, si hay en este momento alguno que esté un poco más flojo, dale más fuerza, mándale un torrente de gracias para que venza su falta de entrega. (…)
Te pido por mis hijas y por mis hijos, por todos. Te ruego que el apostolado de la Obra en el mundo entero sea muy eficaz en el servicio de la Iglesia. Especialmente, canalizando todas las oraciones que se elevan al Cielo por mis intenciones, te pido por el apostolado en el Japón, para que suscites en este país muchas conversiones de paganos a la fe católica, de cristianos que se hagan más fervorosos, de hombres y mujeres que conozcan el camino del Opus Dei y que, con tu gracia, lo sigan.
Tú eres la Luz verdadera, que ilumina a todo el que viene a este mundo; y, sin embargo, el mundo sigue a oscuras, no conoce esta Luz. Es un dolor tremendo, Señor. Aquí hay ciento veinte millones de personas y son muy pocos los que conocen tu nombre, Jesús. Muy cerca están los inmensos territorios de China: mil millones de almas y, entre ellas, sólo cinco o seis millones de católicos. Los demás no han oído ni nombrar a Jesucristo; o lo conocen como si fuera un hombre más o menos notable, un profeta, un filósofo. Y Tú eres Deus de Deo, Dios que procede de Dios; eres, con el Padre y el Espíritu Santo, la Trinidad Beatísima, el único Dios.
El mundo no te conoce, Señor. Yo inclino la cabeza ante los misterios de tu Providencia, en señal de respeto. Pero, Señor, no lo entiendo. Tú, Jesús, has muerto por todos, ¡hace ya veinte siglos! Los méritos infinitos de la Redención se van aplicando a lo largo de la historia, es verdad; pero hay mucha gente que te rechaza, surgen tantas dificultades y obstáculos. La mies, lo has dicho Tú, es inmensa, y los obreros son poquísimos. Si los pocos que trabajamos por ti no somos lo suficientemente generosos, entonces estamos cometiendo una traición. ¡Señor, que seamos generosos, entregados, fieles!
Te pido por la Iglesia: por su unidad interna, por la unión de los cristianos, por la sujeción de todos al Romano Pontífice. Te pido por la unidad dentro de la Obra: que todos seamos fieles a su espíritu, que nos fortalece y nos hace eficaces para extender la fe. Señor, ayúdanos.(…)
Seido, 22 Febrero 1987
Te damos gracias, Jesús, porque te has dignado una vez más venir a nosotros; porque has venido a mí, pobre pecador. Hemos leído en el Santo Evangelio las lecciones de caridad que da Nuestro Señor: perdonar al que nos ofende, deponer la venganza…Pues, hoy, Jesús nos ha dado un ejemplo más, maravilloso, de su caridad infinita, al venir a nosotros, que somos todos pecadores y le hemos ofendido tanto. Reparad en que el Señor no sólo nos perdona muchas veces al día, sino que viene para permanecer con nosotros. No pone sólo la otra mejilla, como hemos leído: se entrega por entero a nosotros. (…).
Este Jesús, a quien hemos ofendido tantas veces, que es Dios con el Padre y el Espíritu Santo, nos perdona y se nos entrega sin reservas. Tiene la humildad de ocultarse bajo las apariencias de un trozo de pan, para darse así a nosotros como alimento(…)Por mucho que pretendamos dar gracias a Dios, siempre nos quedaremos cortos, nunca llegaremos a corresponder como el Señor se merece. Porque Dios es acreedor a un agradecimiento infinitamente grande; y nosotros no somos más que pobres hombres.
Pero Señor, Dios nuestro, si te damos todo lo que somos, Tú nos pides más. Es poca cosa, pero te lo ofrecemos con todo nuestro corazón, enteramente. La voluntad, las potencias, los sentidos…¡todo para ti! (…)Tú has dicho, Señor, que encuentras tus delicias en estar con los hijos de los hombres. Tu gozo, tu deseo es estar conmigo… y yo también quiero estar en tu compañía: Señor, que no me aparte de ti.
En este momento de unión íntima contigo, cuando te asientas en mi alma y junto a mi corazón, sacramentalmente presente(…); en este momento tan grande te decimos que deseamos ser fieles, que queremos aprender de ti esa lección inefable de entrega; que estamos dispuestos, por amor tuyo, en ser generosos en nuestro amor al prójimo. Porque no es verdad que te amamos a ti, Señor, si no amamos al prójimo.
Tú estás en cada uno de los que nos rodean. Tú has muerto por cada uno. Cada alma vale tu Sangre preciosa. Si Tú amas tanto a los hombres, Señor, y yo no los amo, si no tengo espíritu apostólico, si no soy comprensivo, o no sé perdonar, si no soy capaz de buscar a las almas, para llevarlas una a una a ti…, es señal de que no te amo. Y si de verdad te quiero, mi corazón tiene que vibrar por la salvación de todo el mundo.
Señor, que yo no tenga otra ambición que la de llevarte almas. Que no me detenga nunca ante los obstáculos, porque no los hay cuando se trata de servirte, de salvar almas. No quiero ser una persona "objetiva", entre comillas, que es la que se fija sólo en las dificultades. Deseo ser una persona realmente objetiva, que cuenta con tu gracia y sabe que, si Tú quieres, no hay ninguna contradicción que se le pueda resistir.
Señor, sabemos que Tú nos otorgas la fuerza necesaria para que los obstáculos se volatilicen. Podrán mantenerse durante más o menos tiempo, para que se ponga a prueba nuestra buena voluntad y ejercitemos la fe, la esperanza y la caridad. Pero si Tú quieres, no hay obstáculos insuperables. Señor, sabemos que lo quieres; queremos lo que Tú quieres; creemos que Tú lo puedes todo. Mira que Tú has dicho omnia possibilia sunt credenti: para el que cree, no hay dificultades que valgan. Todas se superan con la gracia tuya, Dios nuestro.
El propósito de esta acción de gracias, Señor, es amarte de verdad, opere et veritate, con obras de apostolado, de lucha renovada para vivir el espíritu de la Obra del mejor modo posible, para ser dóciles, para dejarnos formar bien, para empezar a vivir in novitate sensus, con un amor cada día renovado.
Cavabianca, Junio 1987 (Procesión)
Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado. Así empezaba nuestro Padre, al predicar delante del Santísimo Sacramento expuesto; y así seguimos haciendo nosotros, procurando ser fieles, en lo grande y en lo pequeño, a nuestro Fundador.
Hijos míos, estoy seguro de que nuestro Padre desde el Cielo nos habrá contemplado y habrá dado gracias a Dios, porque estas procesiones eucarísticas eran un sueño suyo. Desde hace años las podemos llevar a cabo empleando los instrumentos que mandó hacer nuestro Padre mismo. Se lo agradecemos a Dios.
El Señor que es Dominus dominantium, Señor de los que dominan, tanto más es Señor de los que quieren servir a toda la humanidad por amor a Jesucristo. Le agradezco que se haya dignado pasear con nosotros, por esta casa suya, por Cavabianca. Mientras acompañábamos a Jesús Sacramentado, se me venían al corazón y a la cabeza tantos recuerdos de nuestro Padre: cuando decía, por ejemplo, que hemos de ser todos oveja y pastor. Y consideraba que en esta procesión, aunque soy yo quien llevo el signo de pastor, el báculo, hemos acompañado todos al Pastor Común, Cristo Jesús, el único Sacerdote, el único Pastor por sí mismo. Por El y con El y en El, hemos de ser todos pastores para nuestros hermanos, siendo a la vez ovejas, porque todos hemos de aprender, como nuestro Padre, hasta el último momento.
Hijos míos, hemos dado este paseo por Cavabianca apiñados en torno a Jesucristo en la Eucaristía, que es signo y causa de unidad. De unidad, en primer término, con la Trinidad Beatísima. De unidad con la Iglesia universal. De unidad entre nosotros, porque Dios es Amor; y al acompañarle por estas calles y plazas, lo hacíamos por El y con El y en El. Paseábamos por nuestro Amor, para darle gloria; con nuestro Amor, acompañando a Jesús; en nuestro Amor, movidos por el Espíritu Santo. Íbamos también acompañados y acompañando a la Virgen Santísima, porque Ella está siempre muy unida al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Particularmente en la Eucaristía, Nuestra Señora no se puede separar del Cuerpo, de la Sangre, del Alma y de la Divinidad de Jesús. De un modo misterioso pero real, nos ha acompañado también, y nosotros le hemos hecho compañía. Y Santa María nos ha unido más a su Hijo, ha intercedido para que aumentara en nosotros el Amor.
Vale la pena, hijos míos, decir al Señor que sí. Mientras (…) incensábamos constantemente al Santísimo Sacramento, se me venía a la cabeza que el incienso que espera el Señor es nuestra mortificación ininterrumpida; que quememos en el amor de Dios los defectos, las miserias; las faltas de generosidad, de entrega. ¡Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de ti! Este es el incienso que se quema ante el Señor in odorem suavitatis, que le es siempre grato: la lucha constante, el esfuerzo habitual en las cosas pequeñas, por Amor.(…)
¡Vale la pena! ¡Vale la pena decirle al Señor que sí! El se nos da, y se nos entrega de esta manera…increíble, escondiéndose bajo la especie de un trozo de pan para que nos acerquemos a El con confianza, para que nos alimentemos de El, para que con El nos endiosemos. ¡Qué bueno es el Señor!, hijos míos, ¡Qué bueno es Jesús! Y ante esta magnitud de amor, ente este derroche de Caridad, muchas veces respondemos con pequeñeces de egoísmo. Es hora de clamar: Señor, ¡basta!, de ahora en adelante me quiero entregar con más plenitud, ¡ayúdame!
Hijos míos, vamos a rezar por el Papa, que está muy solo; por la Iglesia entera; por la Obra, porque es una obligación nuestra espacialísima rezar por este pusillus grex que formanos. Que nos dejemos pastorear, que es Jesús. Que estemos todos muy pegados a El, por medio de la Santísima Virgen.
Cavabianca, Junio 1989 (Procesión)
Al caminar sobre estas alfombras florales que habéis preparado con tanto amor a Dios, he considerado algo que comentaba nuestro Padre: que todos hemos de poner el corazón en el suelo para que los demás pisen blando, como sobre una alfombra. Así han de ser nuestros corazones, como esos pétalos extendidos en honor de Dios.
Hemos de entregarnos por completo a Nuestro Señor. El se nos da del todo, en este milagro de amor que es la Eucaristía. Nuestro Fundador afirmaba que es más humillación ésta que la del pesebre y que la muerte en la Cruz. A Cristo -Dios y hombre verdadero- bajo las especies sacramentales, podemos llevarlo de un lado para otro. Y es nuestro Creador, nuestro Amor, nuestro Bien, el Dueño de nuestras almas, de nuestros corazones y de nuestras voluntades.
Ha tomado otra vez posesión de su casa, mientras recorríamos estos lugares que habéis adornado con tanto cariño. Pero al Señor no le importa tanto la jaula, el edificio material, como los pájaros: le importamos nosotros, nuestra entrega, nuestro amor.
Hijos míos, vamos a formular el propósito de ser más fieles. El Señor se nos da completamente y amor con amor se paga. Jesucristo murió en la Cruz por nosotros. En esa situación se ocultaba la Divinidad. Sólo se veía la humanidad rota, flagelada, llena de heridas. Ahora, ante la Hostia Santa no vemos ni la divinidad ni la humanidad, pero por la fe creemos firmemente que estamos presididos por Nuestro Señor, Dios y Hombre verdadero, oculto bajo las apariencias del pan.
Como decía muchas veces nuestro Padre, formulando un acto de fe explícita: aquí se encuentra el mismo Jesús que nació de las entrañas purísimas de la Santísima Virgen; que vivió en Nazaret una vida oscura, santificando el trabajo ordinario; que después predicó y realizó milagros para manifestar su divinidad y la veracidad de su doctrina. Después murió por nosotros, resucitó y subió a los Cielos, donde permanece siempre ad interpellandum pro nobis. Cristo, el Verbo Encarnado, sigue siendo el Mediador entre Dios y los hombres.
Contemplar este derroche de amor -Jesús que se va y se queda con nosotros- debe estimularnos a poner nuestros corazones en el suelo, a pisotearlos, a vencer el propio yo, la soberbia, la vanidad, la sensualidad, todo lo que nos aparta de Dios, y a exclamar: ¡Señor, aquí me tienes! Hijos míos, se lo repetimos en este momento en nombre de toda la Obra, en representación de vuestras hermanas y hermanos esparcidos por el mundo. Todos amamos a Dios, deseamos ser fieles, queremos ser apóstoles y lograr que muchas otras almas amen a Dios, le conozcan, le amen y le sirvan.
El secreto de la felicidad es procurar ser más fieles. ¿Queréis ser más? Sí, lo deseamos firmemente, para extender la Obra por todo el mundo. Entonces, seamos mejores, decía nuestro Padre. Os lo repito ahora, en su nombre: ¡Sed mejores!
Señor, queremos amarte más. Para lograrlo, contamos con el Pan de Vida, que nos fortalece, nos lleva adelante, nos inflama de Amor. Vamos a decir al Señor que sí, que deseamos ser muy fieles. Repetídselo en nombre de todos los de Casa. Además, suplid con el calor de vuestro corazón el amor de quienes no aman, la adoración de quienes no adoran; esperad y creed por quienes no esperan y no creen.
Hijos míos, ¡qué bueno es Dios Nuestro Señor, que ha tomado posesión otra vez de esta casa! Pero, como ya os he dicho, desea adueñarse cada vez más de nuestros corazones. Hoy, de un modo nuevo.
Señor, Tú eres mi Amo. Soy tuyo, deseo ser fiel. Ya ves que de vez en cuando nos resulta un poco más costoso ser leales. Ayúdanos más para que hagamos la Obra de Dios; te lo pedimos por la intercesión de nuestro Padre, que desde el Cielo nos bendice con una sonrisa paterna.(...)¡Señor, átanos con las cadenas de tu amor para que seamos verdaderamente libres!
Abrink, 1989
De rodillas ante ti, Señor, somos ahora especialmente un templo en el que Tú habitas. Hay muchos sagrarios en este instante en el oratorio: el tabernáculo, fabricado con amor, pero solamente con metales, y este otro sagrario creado directamente por ti, que somos cada uno de nosotros. Hijo mío, Dios está dentro de ti. El mismo que nació de Santa María Virgen y que vivió durante treinta años en esta tierra, por la que pasó haciendo el bien -pertransiit benefaciendo-, y que después murió para abrirnos las puertas del Cielo.
Acabamos de celebrar tu Muerte y tu Resurrección sobre el altar, y Tú, Dios mío, Verbo encarnado, has repetido el milagro. Has venido a la tierra con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad. Este altar se ha convertido en sede sobre la que te asientas para reinar en el mundo, y después te nos has dado como alimento y te has quedado entre nosotros. Dios mío, ¡cuál habrá sido el efecto de tu presencia en mi alma! ¡Cómo habrás dejado de resplandeciente el alma mía, que tiende hacia abajo pero que Tú quieres llevar hacia arriba! ¡Qué maravilla! En este momento -a nuestro Padre le gustaba considerarlo -, cada uno de nosotros lleva en el centro de su corazón a Jesús, el Verbo de Dios encarnado, y con El al Padre y al Espíritu Santo. Con la Santísima Trinidad, hijo mío, alrededor de tu alma gira toda la corte celestial alabando a Dios: hosanna in excelsis Deo! Hosanna in corpore meo!
Dios mío, ¿cómo podré pagarte tanto beneficio? Que te hayas fijado en mí y me hayas dicho: meus es tu, sequere me! ¡Tú eres mío, sígueme! Desde entonces, ¡cuántas gracias, Señor! Muchas veces no hemos sabido aprovecharlas. Yo no las he aprovechado bien, pero Tú me sigues queriendo, me sigues perdonando, me sigues buscando y te me sigues dando todos los días como alimento para que sea capaz, con tu gracia, de recorrer los caminos de la tierra como Tú, haciendo el bien.
Tantas veces, en lugar de hacer el bien, pierdo el tiempo. ¡Qué vergüenza, Dios mío, perdóname! Te pido que de ahora en adelante empiece una nueva vida, que sea realmente eficaz en mi alma la recepción de este Pan de vida. Pienso en aquel pan del que nos habla el Antiguo Testamento, subcinericius panis, aquel pan cocido bajo las cenizas, que dio fuerza y vigor al profeta Elías para caminar durante cuarenta días y cuarenta noches. Nosotros hemos recibido el Pan de los Ángeles, y tenemos fuerza para recorrer toda la vida con tu gracia. Tendremos que seguir acudiendo con frecuencia también a tu perdón, Dios mío, y te lo pedimos desde ahora, pues queremos ser fieles. Perdónanos nuestras infidelidades. Ayúdanos a poner cada día más tesón, más fuerza, más deseos de lucha. Y todo por amor.
Hijos míos, haced propósitos firmes de querer ser apóstoles de Jesucristo. Pero un apóstol de Jesús tiene que estar muy unido a Él. Le buscaremos en el trabajo profesional y en las circunstancias ordinarias de nuestra jornada; iremos tras Él como un enamorado tras la persona que ama, con piropos, con requiebros, con deseos de recibirle.
Señor, no te separes nunca de mí, que yo no quiero perderte. Se lo pido a mi Madre del Cielo. Ella, que fue semper fidelis, me concederá la gracia de la fidelidad. Madre mía, haz que yo viva de amor, que sea fiel en lo poco y en lo mucho, en lo grande y en lo pequeño. Señor, te pido que nunca me canse de recomenzar. A base de empezar una y otra vez, con tu gracia, me harás humilde.
Señor, me entrego a ti. Tú te has entregado a mí, y es justo que corresponda. Aquí me tienes. Te entrego todas mis potencias: mi memoria, mi entendimiento, mi voluntad, mi haber y mi poseer, todo es tuyo. Gobiérname Tú, que así saldré ganando. Haz, Señor, que se bueno y que sea fiel.
Cavabianca, Mayo 1994 (Procesión)
Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado.
Adoro te, devote, latens deitas!
Hijos míos, estoy muy emocionado. He venido pensando en el amor de nuestro Padre y de don Álvaro por Jesús Sacramentado. Recuerdo perfectamente que hoy es el aniversario de la romería que nuestro Fundador hizo a Nuestra Señora de Aparecida, en Brasil. Nos comentaba que durante todo el trayecto había estado diciendo a la Virgen: Señora, que yo te quiera, que yo te venere como estas hijas mías y estos hijos míos, como todas las hijas mías y los hijos míos del mundo entero.
Le he pedido a Jesús, mientras nos presidía en esta procesión, que cada uno de nosotros tengamos un corazón ardiente, lleno de amor y de verdad; que no sólo con las palabras y los deseos, sino también con los hechos, queremos adorarle, alabarle y venerarle en el Santísimo Sacramento.
Qué bien se entienden aquellas palabras con que el Evangelista introduce el Sermón de la Última Cena: Como amase a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. ¡Cómo te entiendo, Jesús, aún sin poder desentrañar la infinitud de tu amor!; ¡cómo te entiendo, sobre todo aleccionado por el comportamiento y las palabras de nuestro Padre, y por el ejemplo de adoración que nos ha dado también su sucesor! Verdaderamente la tuya es una locura de amor, un amor sin medida ni límite. Nos has amado hasta el fin, queriendo que un trozo de pan se convierta en tu Cuerpo, de modo que tengamos muy cerca, muy dentro de nuestras almas, tu presencia real.
Muchos autores de la Iglesia, que te han amado con toda las fuerzas de su corazón, han dicho que es la presencia real por antonomasia. Dios mío, yo te pido para mí, para mis hijas y para mis hijos, que tengamos durante todo el día conciencia de esta presencia real tuya, que es presencia de amor y de entrega, que es presencia de quién desea sostenernos para que, aunque estemos cargados de miserias, podamos decirte con todas las veras de nuestra alma: Jesús te amo; Jesús, deseo que mi vida entera sea para Ti, que sólo a Ti te pertenezca.
No os oculto que, cuando llevaba a Jesús en la custodia, he estado pidiéndole que todos le llevásemos en nuestras almas y en nuestros corazones como en un viril. Le he suplicado un amor tan ardiente que experimentase su ausencia hasta en esos intervalos en que se alejaba un poco materialmente de mis manos. Le he pedido para vosotros y para mí, que estemos siempre muy pegados a Jesús, que le adoremos de verdad, que tengamos necesidad de Él, que haya en nuestras vidas una presencia eucarística que nos lleve a cuidar la pureza de alma y la pureza del cuerpo. Dios mío, haznos limpios, ¡limpios de verdad!, sin que atadura ninguna nos sujete aquí abajo; siempre en tu presencia, para darte toda nuestra vida. Es estupendo considerar que podemos -¡que debemos!- hacerle compañía en todos los momentos de la jornada.
¡Mi Jesús! Quiero llamarte así, con la ternura y la devoción con que te hablaba nuestro Padre. ¡Mi Jesús! Que seas mío porque de verdad no haya en mi vida ninguna otra cosa que te dispute el puesto, que seas mío porque ocupes mis ilusiones, mis deseos, mis amores.
Vamos a querer a Jesús con toda el alma, hijos míos. Ahora que el Señor está muy solo, pues muchas personas no le aman, le desconocen; le ven pasar y no se dan cuenta que es el Rey de reyes, el Señor de señores, el Rey y Señor de sus almas. Y no es que nosotros seamos mejores, no. Si la gracia de la vocación no hubiese intervenido, ¡quién sabe donde estaríamos ahora cada uno de nosotros! Ya que hemos recibido esa gracia venturosa, esa llamada que nos ha hecho participar del amor sin fin que nos tiene el Señor, vamos a decirle: Señor, te quiero amar por mí y por todas las almas del mundo, por mí y por todas las almas de todos los tiempos. Que de esta Obra tuya, que es una prueba de tu misericordia con los hombres, salga de verdad, jornada tras jornada, una continua oración de alabanza y de amor.
Pongamos en nuestras almas la ambición de reparar y de pedir perdón al Señor por lo que le hemos ofendido y por lo que se le ofende en el mundo entero. Propongámonos amarle hoy más que ayer; mañana, más que hoy. Hemos de tener verdaderos delirios de amor con Él; y repetir muy a menudo, como hacía nuestro Padre aquellas palabras de la antigua copla medieval: ¿A quién contaré mis quejas, mi lindo amor?/¿A quién contaré mis quejas sino a Vos? Todos nuestros pensamientos, nuestros proyectos, nuestros trabajos, debemos ponerlos en la presencia de Dios.
¿Y cómo no unir a esta presencia de Dios la presencia inefable de Santa María y de San José? El Cardenal Wyszynski, reflexionando sobre el Ecce Ancilla Domini de la Virgen, comentaba que desde ese momento comenzó la presencia real de Cristo entre los hombres, que ahora se realiza todos los días sobre el altar, mediante la Transustanciación. La humildad de Nuestra Señora lo hizo posible. Es una idea que nos puede venir muy bien: decirle al Señor, de verdad, que queremos ser sus esclavos para que en nuestras almas se realice de algún modo ese prodigio y Jesús venga a morar en nosotros.
Hijos míos, de la misma manera que lo hemos llevado en procesión por las calles de este pequeño pueblo, de esta casa suya, vamos a llevarlo todos los días en la custodia de nuestra alma. Si alguna vez tenemos la desgracia de separarnos un poquito de Él, acudamos a nuestra Madre, para que Ella -con nuestro Padre y con don Álvaro, que tanto le habían sabido querer, que tanto le quieren-, nos lleven una vez más a adorar, a venerar, a alabar constantemente a Jesús Sacramentado. Te adoramos, Jesús en la Sagrada Eucaristía; queremos que en nuestras vidas no haya lugar nada más que para Ti.
Que Dios os bendiga.
Vilnius, Noviembre 1994
¡Cuánto te necesitamos, Señor, cuánto te necesitamos! Querríamos, como tantas veces suplicó nuestro Padre, ser enteramente tuyos y hablar exclusivamente de ti, vivir contigo y dar tu vida a los demás. Al agradecerte el inmenso beneficio de tenerte en nuestro cuerpo, nos damos cuenta de nuestra personal pequeñez.
Dios mío, ¿cómo puedo pagarte que Tú, siendo el Ser que no cabe en los Cielos y en la tierra, vengas a refugiarte en mi pobre alma, que no vale nada, que, como le gustaba decir a don Álvaro, es menos que nada, pues es capaz de hacer el mal? Dios mío, estando Tú dentro de nosotros con tu presencia real, ilumínanos para que nunca queramos hacer el mal y, en cambio, obremos siempre contigo, de tu mano. Ayudados por ti, transfórmanos, Señor. Haz que seamos otros Cristos, el mismo Cristo, como te pedía nuestro Padre, con todo lo que esto significa: amarte totalmente, venciendo la resistencia de la naturaleza caída.
Jesús, gracias porque nos quieres; gracias porque nos comprendes; gracias porque no nos rechazas; gracias porque todos los días vienes a nosotros como el mayor amante que puede haber, en los Cielos y en la tierra. Es necesario que cada día nosotros te demos gracias con esta misma fuerza. Dios mío, aprovechándonos de que Tú estás dentro de nosotros, que te digamos: Jesús, quiero corresponderte con la infinitud de tu amor, en el que quede absorbido mi pobre amor y así ofrecerte algo digno de ti.
Te damos también gracias porque quieres obrar a través de nosotros. Te pedimos que todas las personas del Opus Dei, de todos los tiempos, transformemos nuestros días en una continua acción de gracias, por la bondad misteriosa e infinita de tu presencia real en la Eucaristía.
Madre mía, te pido para mí, para todas mis hijas, para todos mis hijos, para todos los hombres y para todas las mujeres de todos los tiempos: Madre mía, que cuidemos a Jesús con nuestra vida entera.
Cavabianca, Junio 1995 (Procesión)
Con Vuestra licencia Soberano Señor Sacramentado.
Caritas Christi urget nos!, lo hemos leído esta mañana en la primera lectura de la Misa, con palabras de San Pablo, inspiradas por el Espíritu Santo. ¡Míralo, hijo mío! Mira detenidamente a este Cristo nuestro, que es Amor infinito, que es donación entera. ¡Míralo! ¡Qué cosas le hemos dicho en la Procesión, haciendo eco a los actos de amor, de piedad, de compunción sincera, a esas manifestaciones de intimidad que nuestro Padre nos ha enseñado!
Caritas Christi urget nos! Nos está hablando a cada uno, este Señor Soberano que se ha querido quedar bajo las Especies Sacramentales como Rey, como Amor, como Amigo, como Hermano, como Médico. Jesús, que nos decidamos a aprender tus lecciones, a poner en nuestros días el horizonte de la entrega completa, que queramos de verdad abrir nuestras almas para que esa Caridad tuya, ese Amor tuyo, que no encuentra límite en los Cielos y en la Tierra, queja en nuestra pobre alma.
Te damos gracias, Jesús, aunque cada uno cuenta con su personal y pobre experiencia de que nos queda mucho por recorrer. Te hemos traído por estas calles, como le gustaba decir a don Álvaro, otro gran amante de Jesús en la Eucaristía. Hemos querido también preparar con más flores nuestras propias disposiciones personales: Señor querríamos sinceramente que nuestras vidas fuesen un homenaje, que se uniesen a esta Hostia pura, santa, inmaculada que eres Tú.
Tú has salvado las distancias entre el Cielo y el hombre pecador. Vuélvelas a salvar conmigo. Díselo tú, hijo mío, y te insisto: ¡míralo! Míralo detenidamente para aprender sus lecciones, y recordar lo que nos decía muchas veces nuestro Padre: ¿dónde está ese Cristo que quiere vivir en tu corazón?, ¿ese Cristo que quiere reinar en tu alma?, ¿en mi soberbia?, ¿en mi poca diligencia?, ¿en mi sensualidad?
Señor, con todas las fuerzas de mi alma te digo que queremos desterrar de nuestras vidas todo lo que no te pertenezca. ¡Haz que seamos tuyos! Jesús, queremos mirarte, queremos no perderte de vista, queremos acompañarte en todo momento y queremos llevarte por todos los caminos de este mundo nuestro para que la gente te conozca.
Hijos míos, vamos a hacernos una sola cosa con Cristo, vamos a pedirle que con Él lleguemos hasta los últimos rincones de la tierra, pero ¡con Él, con Él! Que no nos importe nada si no es estar con Él
¡Dios mío, Jesús nuestro, Jesús Sacramentado!, queremos ponerte en la cumbre de todas las actividades humanas. Y Tú nos estás diciendo con una reprensión amorosa: sí, pero empieza por ponerme en tu vida. Haz ahora propósitos concretos -vamos a hacerlos cada uno- para que Él no encuentre obstáculos, para que nuestras vidas estén enteramente dispuestas. Te pedimos, Señor, por la fidelidad de todas tus hijas y todos tus hijos en el Opus Dei.
En esta procesión te hemos traído a todas las enfermas y a todos los enfermos que te están acompañando desde su lecho de dolor, desde su lugar de sufrimiento: Señor consuélales; y que te sirvan de consuelo entregándote su vida y su enfermedad.
Te traemos también las vocaciones de todos los que estamos en tu Opus Dei, desde los mayores hasta los más jóvenes. ¡Señor, labra en nuestras almas una fidelidad bien forjada, como la tuya! Que estemos disponibles para lo que nos pidas, ¡sea lo que sea!
Te traemos la vida de los que tienen que entregarse y todavía están dubitativos, las de esas vocaciones que tienen que decidirse y las de esas alma que andan buscando la verdad y no la encuentran, para que Tú les des luz. Y las de los pecadores, Señor, te traemos también a los que no te aman, a los que te desprecian, a los que te ofenden. Señor, ¡hazles cambiar!, y haznos cambiar a cada uno de nosotros; que tengamos deseos cotidianos de estar siempre contigo.
Que nuestra vida ordinaria sea -como nos ha enseñado nuestro Padre- contemplativa, llena de actos explícitos de fe, de esperanza, de amor, para corresponder a este Dios nuestro que no se cansa de dársenos, de buscarnos, de mirarnos.
Te pedimos, como nuestro Padre, para nosotros y para todas las personas que vengan al Opus Dei a lo largo de los tiempos: ¡Jesús, que te miremos! ¡Jesús, que te busquemos! ¡Jesús, que te amemos! Ahonda en tu alma, hijo mío, para poder mirarle más de cerca, para tratarle con más intimidad, para ser -de verdad- consuelo de Dios.
Acudamos a Nuestra Madre, a Santa María, la siempre Virgen -tota pulchra-. Querríamos, Madre, no por nosotros sino por tu Hijo, ser de verdad, cada uno de nosotros, totus pulchrus, totalmente limpios, para que tu Hijo -el Gran Deseado, como le llamaba nuestro Padre- habite siempre en nuestras almas y reciba de cada uno de nosotros el amor que Tú le diste.
¡Madre, ven con nosotros, suple con tu diligencia, porque eres Madre de Dios y Madre nuestra! Míranos como a un hijo enfermo y necesitado; cámbianos para que nuestra alma -bien pegada a la tuya- sea lugar y morada de reposo y de exaltación de Nuestro Señor Jesucristo, para que con Él, por el Espíritu Santo, lleguemos siempre al Padre.
Que Dios os bendiga.
Cavabianca, Junio 1996 (Procesión)
Esta mañana, mientras hacía la meditación, he leído una oración de alabanza a Jesús Sacramentado: salve, Victima salutaris, pro me et omni humano genere in patíbulo Vía oblata. Hijos míos, digamos a este Señor nuestro un Salve de adoración completamente rendido. Vendrán a nuestra memoria -no con desasosiego, que no debemos tolerarlo-, las veces en que quizá, con nuestra vida no del todo ordenada, le hemos saludado con poca sinceridad, dejándole solo, como ocurrió en aquellos momentos de la Pasión, cuando le coronaron de espinas y le saludaban de un modo burlesco. Señor, te pedimos perdón con una constricción llena de amor. Si estuviese en nuestro poder -Tú lo tienes-, transformaríamos toda nuestra vida pasada en un acto de alabanza.
Querríamos que nuestra vida manifestara el amor profundo que te tuvo nuestro Fundador. ¿Os acordáis? ¡Con qué alegría pensaba en la misericordia de Dios! Recordando su estancia en la Casa de Loreto, se admiraba de que este Señor nuestro, que no cabe en los cielos y en la tierra, hubiera habitado en una casa construida por manos humanas. Hijos míos, le hemos llevado por estas calles de Cavabianca en una custodia construida por manos humanas. Deseemos ser viriles, custodias: llevemos -con nuestras acciones, con nuestra conducta, con nuestra respuesta-, a este Señor que nunca nos deja.
Salve, Victima salutaris. Hijos míos, no podemos olvidarnos nunca, nunca, de que la Víctima agradable a Dios es víctima de salvación y por tanto, de alegría. Hemos de inmolarnos, ir al Calvario todos los días, uniéndonos al sacrificio que se hace presente en el altar, queriendo estar muy pegados a Cristo, identificándonos con Él para ser también con Él víctimas de salvación para nuestra vida y para la vida de tantas almas que nos esperan.
Victima salutaris pro me et omni humano genere. Señor, ¿cómo podré agradecerte el que hayas querido consumar este sacrificio y perpetuar este misterio de amor pro me? El Señor dialoga contigo y conmigo constantemente: pro me, pro te. No quiere una correspondencia anónima; desea una respuesta personal, una dedicación entera, diaria, que muchas veces será contrita y con propósitos de recomenzar. Señor, ya que te has entregado pro me que yo me entregue totalmente a ti, y que contigo me entregue pro omni humano genere. Hijos míos, con la Hostia Santa, debemos ser corredentores y esto nos obliga a llevar una vida limpia, a luchar, a amar y corresponder, sin quejas ni compensaciones, olvidándonos de nosotros y no teniendo más derechos que el derecho de amar enteramente a Nuestro Señor.
Pro me et omni humano genere in patíbulo Crucis oblata. Hijos míos, amemos la Cruz, el espíritu de renuncia, aquel sí que dijimos al Señor -ya hace años-, que se concreta en un serviam! a lo largo de la jornada.
Cavabianca, Junio 2000 (Procesión)
Con Vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado. Comenzando esta procesión, al ver en la peana del primer altar el anagrama de la Virgen, venía muy espontaneo decir con todas las fuerzas de nuestra debilidad: quisiéramos, Señor, llevarte con aquella pureza, humildad y devoción con que te llevó Nuestra Santísima Madre. Queremos llevarte, Señor, ahora y siempre.
Le hemos dicho hace un instante: con Vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado. Y estamos escuchando en el fondo de nuestra alma que Jesús, este Jesús nuestro, nos responde constantemente: tienes mi licencia para hablarme, porque Yo acojo tus peticiones; la tienes para adorarme, porque te veo como hijo predilecto; la tienes también para amar la purificación, por tu propia vida y por la vida de tantas almas; la acojo igualmente, como acción de gracias que presento a Dios Padre con el Espíritu Santo, para que toda tu vida esté enteramente gastada a lo divino, recorrida de mi mano.
Hijos míos, tenemos en nuestra posesión -así, en nuestra posesión- este misterio de Amor y de Fe. Somos nada, muy poca cosa, y sin embargo, el Señor se conforma con la ofrenda que podamos hacerle cada uno de nosotros. Vamos a ser valientes, vamos a ser decididos, a decir al Señor que queremos honrarle con una respuesta más completa, más generosa; por nosotros, por todas las personas de la Obra, por toda la humanidad.
Hace unos cuantos días -estando aquí precisamente, en Cavabianca- mientras hacíamos la meditación, me vino a la cabeza aquella dura escena (…) del Pretorio, cuando Pilato saca a Jesús y les dice: He ahí a vuestro Rey. Pero ellos gritaron: Fuera, fuera, crucifícalo (Io 19,14-15). Siempre nos ha parecido una atrocidad esa respuesta, de la que no debemos sentirnos ajenos por nuestra conducta personal.
Pero llevándolo al terreno de la Eucaristía, hijos míos, cuántas veces le tratamos con indiferencia, sin ese Amor que Él nos ha puesto en el alma, para que le amemos. Vamos a pedirle que nos decidamos a entronizarle en nuestro corazón, pregonándole con todas las obras, amándole con todas las obras, purificándonos por lo que no hemos hecho bien.
Es tiempo de mucho amor, hijos míos, es tiempo de identificarnos más con este Cristo que quiere ser enteramente nuestro. Pone su infinitud en nuestra poquedad, su Amor, en nuestra poca categoría; y, al mismo tiempo, nos concede su gracia para que, llenos de fe, de esperanza y de Amor, vivamos siempre acompañándole, mirándole, llevándole a todos los lugares del mundo.
Es la hora de ser más leales, es la hora de ser más Opus Dei, es la hora de ser más contemplativos, para que con nuestro amor encendido, manifestado a toda hora, seamos esa brasa encendida capaz de cambiar el mundo. Sí, Señor, hacemos este acto de fe con la seguridad de tu Omnipotencia. Sí, contigo, transformaremos este mundo nuestro -como nos ha enseñado nuestro Padre- en ofrenda, en Hostia pura, santa, que -impulsados por la gracia del Espíritu Santo- presentemos a Dios Padre para que le resulte grata.(…)
Y terminamos como hemos empezado, recurriendo a nuestra Madre Santa María, pidiéndole con mucha fuerza -Ella que es la Omnipotencia Suplicante- que nos haga portadores de la plenitud de la gracia, y queramos, en nuestras pobres vidas, quitar lo que no sea parecernos a Cristo, ser otro Cristo, ser el mismo Cristo. Señor, te damos gracias y te decimos, con Santa María, que deseamos ser tus esclavos y no tener más razón de vida que estar constantemente a tu servicio. (…)
Cavabianca, Junio 2002 (Procesión)
Con Vuestra Licencia, Soberano Señor Sacramentado.
¡Qué apropiadas son estas palabras de la tradicional piedad eucarística: con tu licencia, Señor! Nos hacemos cargo de que, aunque tuviéramos pensamientos brillantísimos, palabras muy elocuentes, nos quedaríamos cortos para alabarte, para amarte, para agradecerte lo que haces por nosotros. Todo el amor de la humanidad de todos los tiempos nos parece insuficiente, y más aún nuestro pobre amor personal.
Es común entre los Padres de la Iglesia y los autores espirituales la consideración de un agradecimiento profundo por este Misterio que nunca acabaremos de ponderar, que jamás podremos tratar con la suficiente dignidad, para estar a la altura de lo que Dios nos da. En su magnanimidad, en su misericordia, ha querido tomar nuestra naturaleza, para hacerse hombre, de tal manera que nosotros nos hiciésemos como Dios.
Hijos míos, esta cercanía de Dios nos habilita para poder amarle. Sin embargo, ¡en cuántas ocasiones hay vueltas de espalda, deficiencias, omisiones..., en una palabra, desamores! En esta misma procesión, quizá ha podido haber segundos en que, con un motivo u otro, nuestros ojos y, sobre todo, los ojos del alma, no han estado lo suficientemente pendientes de la Majestad de Dios. Mirémosle, mirémosle y aprendamos de esta Hostia Santa, presencia real de nuestro Dios: nos hace notar que es necesario abajarse, humillarse, para poder estar cerca de su amor.
Jesús, nos hemos refugiado durante la procesión en el amor de todos los que íbamos aquí, llevándote por estas calles y por esta plaza, que -como siempre- nos parecen muy poca cosa para Ti, y hemos hecho propósitos de tener más diálogo contigo. Nos hemos atrevido, Señor, a decirte que, ya que has querido hacernos como dioses, te queremos amar con ese amor infinito, perfectísimo, con que te ama Dios Padre; somos hijos suyos. También te hemos dicho que querríamos amarte con la vida de nuestra Madre, con su limpieza, con su dedicación, con su pensamiento exclusivamente en Ti; con el corazón y el alma de todos los santos, los que más le hayan amado -como nos ha enseñado nuestro Padre- en esta tierra. Allí metemos a nuestro Padre, ese loco enamorado de Jesús en el Sacramento.(...)
¿Por qué estaré todavía tan metido en mis cosas, sin dejarme manejar? Nuestro Padre consideraba la docilidad de este Dios hecho hombre, que se deja conducir a la Pasión y que -ahora lo vemos, en estos actos litúrgicos-, se deja llevar por donde queremos los hombres. Señor, métete en nuestras almas, para que nosotros nos dejemos transportar por tu gracia y por tus exigencias. Que no te pongamos condiciones, que nos demos cuenta de que sólo los hombres adultos, que tienen el ánimo de ser niños en su alma, con el corazón y el alma cada vez más limpios, están a la altura de la adoración -pobre, pero adoración- que te debemos.(...)